Jorje H. Zalles

Huérfanos

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13 de March de 2013 00:02

Lo que más me ha llamado la atención al ver y oír noticieros luego de la muerte del presidente Hugo Chávez de Venezuela es la frecuencia con la cual he visto y oído a personas adultas describirse a sí mismas como huérfanas, porque sienten que ha muerto su "padre". Esos sentimientos sintetizan, a mi juicio, la tragedia de nuestros pueblos.

Muchos padres, profesores, gerentes, patrones, funcionarios de Gobierno y otras diversas figuras de autoridad se consideran responsables de guiar, controlar, proteger y, en general, asegurar el bienestar, como lo definen las propias figuras de autoridad, de distintas variedades de "hijos" a su alrededor. Consideran, además, que aun si esa "responsabilidad" conduce al ejercicio dominante de la autoridad, constituye una genuina manifestación de amor.

No niego que de ambos lados de ese tipo de relación pueda existir amor, entendido como el deseo de hacerle bien al otro y, en consecuencia, trato de entender tanto la forma dominante de ejercer el "amor paterno" como la orfandad que sienten millones de venezolanos ante la partida de su "padre" Hugo Chávez. Pero por mucho que pueda apreciar la intención amorosa, considero que de ambos lados de ese tipo de relación existen realidades sicológicas malsanas.

Malsanas para la persona adulta que se siente huérfana ante la muerte del "padre", porque en esa persona no ha ocurrido lo que Erich Fromm describe como "el crecimiento de la fuerza y de la integración de la personalidad individual" y, en consecuencia, ella duda de su propia capacidad para salir airosa ante los desafíos de la vida, y la enfrenta, más bien, llena de inseguridades y de temores, presa de angustias, susceptible de que abusen de ella y de llenarse de insatisfacciones, frustraciones y amarguras.

Malsanas también para aquella figura de autoridad que, padre verdadero o "padre" sustituto, se ve a sí mismo como guía, protector y fuente necesaria de las soluciones de las necesidades de otros, porque esa forma de verse a uno mismo es, en el fondo, intensamente egoísta. Satisface la vanidad del real o supuesto "padre" a costa de la salud e independencia sicológica, la paz interior y la dignidad de aquellos cuyo desarrollo sicológico ha impedido con su mal entendido "amor", sobreprotector y debilitante.

Y malsanas, además, para la sociedad, porque creo firmemente que solo podemos construir sociedades sanas y productivas entre seres libres, que en un ejercicio maduro de nuestra libertad aprendamos a respetarnos unos a otros, y a rechazar el cometimiento de abusos, no porque serán castigados sino porque son dañinos y no deseamos hacer daño.

Espero que cuando muera, mis hijos me recuerden con genuino amor, con la paz interior de saberse capaces de continuar enfrentando la vida, y no con un sentido de orfandad desesperada.