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Hay nombres, hay frases que rebasan su circunstancia, la superan o la aniquilan; sirven para expresar la alegría o la pena, el recuerdo o el olvido, según. Hay palabras y frases que entristecen o consuelan. Aquí viene como de molde un precioso reclamo del niño que era entonces, el hombre mayor que hoy es. Un niño precioso, contaban, como el que Gabriela eternizó en ‘Ruego’: ‘suave de índole, franco como la luz del día, henchido de milagro como la primavera’; como todo niño que recibe ternura, palabra, comprensión. Entre las tías adultas que comían pastelitos antiguos, él insistía en probar de uno y otro, más y más… Cuando ellas le recordaron: -Hijito, esto es para nosotros, él expresó este ‘principio’ indisputable: ‘Yo también soy nosotros’.

Nos y los otros. Todos somos nosotros. Asumidos en la totalidad, seremos más y mejor nosotros mismos, mientras nos quede tiempo en la infinitud noticiosa de los medios que tanta energía absorben de nuestra parte. Como decía Javier Marías, ‘el tiempo está alcanzando al tiempo. El presente ya es pasado; lo que acontece, […] pasa a engrosar las filas de lo que ya pasó’. Paradójicamente, en este tema y ante la circunstancia en que me apoyo, habría querido, no solo que el tiempo pasara, sino que no hubiera llegado; que nunca hubiera vivido el instante que mi mirada me mostró. Pero como todos somos nosotros, vi, y no pude olvidar. Era la foto de Hudea, ¡bello y suave nombre!; de pronto, pensé escribir sobre la emoción extraña, terrible que me embargó, aun sabiendo que sería imposible decir algo que valiera la pena. ¿Hablar sobre su miedo, su resignado terror?: ¿mirarla una vez más?; era atroz permanecer ante esos ojos asombrados, sentirla, sin que brotaran las lágrimas escondidas que me oculté a mí misma, por no sufrir. ¡Ese miedo a sufrir que nos impide vernos! Decidí olvidarla. Cuando vi en la red a la preciosa niñita siria de oscuros ojos asustados que alzaba sus brazos de cuatro años, las manos suciecitas de tierra, para que no la matasen, porque, en el horrible fragor de su pequeña vida había creído que el fotógrafo con su cámara era un soldado más ante el cual había que hacer el gesto de rendición, sentí infinita impotencia. La impotencia de las guerras, pero también, por llamarla de alguna forma, la impotencia de la felicidad: la de la vergüenza de estar al abrigo, de tener nietos de su edad que sufren los pequeños detalles gozosos o ásperos que les ayudan a ser mejores, nada insuperable; la impotencia de la lejanía, la de no poder actuar contra el horror que viene de todas partes. Y esta mañana, al leer el artículo de Milagros Aguirre, me sentí cobarde. Y decidí decirlo y recordarlo, apoyada en Milagros, para nada, pero tal vez para algo. Al menos, para recordar una vez más que yo también soy nosotros ante el inmenso y atiborrado pastel de la desgracia. De la pena que conmueve hasta la última fibra de nuestro ser, como dicen los que saben dónde está esa última fibra, que vibra para nada…

Susana C. de Espinosa / scordero@elcomercio.org