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4 de December de 2012 00:01

Huber Matos ha cumplido 94 años. Sigue intelectualmente lúcido, y física y políticamente ágil y activo. Es el único comandante democrático vivo de la Sierra Maestra. En 1959 estaba entre los jefes más queridos y respetados por los cubanos. Fidel, antes de la fuga de Batista, le asignó la responsabilidad militar más importante de la lucha: tomar Santiago de Cuba, la segunda ciudad del país. Tras la victoria, quedó al frente de una de las seis provincias cubanas de entonces.

La historia de Huber Matos está muy bien narrada por él mismo en Cómo llegó la noche, publicado por Editorial Tusquet en España.

Ahí relata la traición de Fidel, Raúl y el Che –artífices de la sovietización de la isla— y la condena a veinte años de cárcel que sufrió y cumplióíntegramente por el delito de renunciar al grado de comandante y a la jefatura donde estaba destinado, mediante una carta privada a Fidel. Sencillamente, estaba en desacuerdo con que en Cuba se instaurara un sistema colectivista de partido único calcado del modelo soviético.

Desde hace décadas, Huber vive en el exilio de Miami, en una casa sin lujos en un barrio de trabajadores, junto a su esposa María Luisa, la responsable de criar y educar a los hijos durante su larga prisión. Huber dirige una organización política que lucha pacíficamente dentro de Cuba llamada Cuba Independiente y Democrática, conocida por su acrónimo "CID".

La biografía de Matos encapsula la trágica historia de Cuba. Como consecuencia del injustificado golpe militar de Batista, de marzo de 1952, se desarticula nuevamente la vida institucional (había ocurrido algo parecido 25 años antes), y el atentado, la guerrilla y el terrorismo vuelven a ser las vías preferidas para tratar de recuperar la democracia. Cuba vivía en clave de heroísmo. En esa atmósfera enrarecida sobresale Fidel Castro, abogado sin experiencia laboral, con antecedentes de matón juvenil y atributos de líder. Combinaba temerariamente una gran dosis de audacia y falta de escrúpulos, entreveradas con la urgencia psicológica de clavarse en la historia.

La lección que Huber y todos los cubanos hemos aprendido de esta terrible experiencia es muy clara. El patriotismo, bien entendido, no tiene su mejor expresión en las luchas heroicas por rescatar la democracia cuando se ha perdido ­esas peligrosas y devastadoras revoluciones, incubadoras de desórdenes y fábricas de psicópatas-, sino en someterse al imperio de la ley, en respetar la institucionalidad, y en el callado cumplimiento de las responsabilidades cívicas y familiares, de manera que la libertad no se pierda nunca. A sus 94 años, de los cuales lleva 60 sacrificándose por Cuba, Matos no renuncia a ver a su patria libre. Ojalá vea el final de esta trágica historia.