Óscar Vela Descalzo

Homicidas por vocación

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El mundo sigue de cabeza. Basta abrir un diario de cualquier lugar en formato digital o en el aromático papel entintado, o mirar un noticiero de televisión o escuchar un programa informativo de radio, para comprender que la humanidad camina a contracorriente de lo que debería ser una verdadera civilización.

Los homicidas vocacionales, es decir, todos aquellos que justifican la muerte de otros seres humanos por razones políticas, ideológicas, religiosas, económicas, étnicas o simplemente por su naturaleza vengativa, se multiplican en el planeta cobijados por la sombra que proyectan los grandes líderes en sus distintas esferas de acción.

Cuando pensamos en los ejemplos más extremos de criminales renombrados se nos vienen a la mente de inmediato los fundamentalistas de ISIS o Boko Haram, las mafias del narcotráfico o el tirano de Corea del Norte, entre otros tantos que utilizan el terror como su fuente básica de energía para sostenerse o alcanzar el tan ansiado poder.

También, están aquellos que ocultan su verdadera naturaleza homicida en presuntas finalidades ulteriores, normalmente amparados en proyectos políticos de carácter mesiánico, populistas y de apariencia revolucionaria en los que sus crímenes pretenden ser justificados con un aura redentora que ellos mismos se han conferido.

Frente a todos ellos, los asesinos más radicales y los exterminadores más taimados, están los otros, los que se venden como adalides de los DD.HH., como redentores universales y salvadores naturales de la humanidad.

Los primeros actúan de frente, a posta, dando la cara con absoluta impunidad, demostrando en sus actos enormes dosis de crueldad y ningún gesto de arrepentimiento. Los otros, en cambio, lo hacen de forma taimada, amparados en el poder que su pueblo les ha conferido, resguardados por la letra fría e inhumana de sus normas constitucionales, encubiertos en sus dudosos principios morales.

Todos ellos, de una forma u otra, por acción u omisión, son autores, cómplices y encubridores de los peores crímenes contra el ser humano.

Son tan responsables unos de las sanguinarias ejecuciones públicas de infieles y apóstatas, como lo son los otros de miles de cadáveres de migrantes que llegan a las costas de los países del primer mundo. Son tan culpables algunos de los homicidios políticos, de las persecuciones y desaparición de opositores, del silenciamiento de periodistas, como lo son otros de atentados terroristas. Son tan criminales los que ejecutan traidores en una plaza pública como los que asesinan reos en una silla eléctrica o con la “compasiva” inyección letal.

Los homicidas por vocación no son solamente los asesinos seriales, los terroristas o los extremistas religiosos, no son solo los tiranos y dictadores más renombrados, son también aquellos que disfrazan sus gobiernos de democracias, pero conservan, promueven y ejecutan las aberrantes y anacrónicas prácticas de los criminales más avezados.