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31 de December de 2011 00:02

Heidegger, el filósofo alemán, al presentar su libro ‘Caminos que no llevan a ninguna parte’ dice que en los bosques hay senderos que, súbitamente, terminan en la foresta virgen. Los sabios guardabosques los conocen y los evitan. Saben qué es un ‘Holzweg’, un camino que no conduce a ninguna parte. Añade que todo ser humano sigue su propio camino, pero en el mismo bosque.

El secreto esencial de la vida consiste en saber a dónde se quiere llegar y en identificar la ruta correcta. Las religiones se han ocupado de iluminar el alcance de la pregunta básica: ¿De dónde vengo y a dónde voy? Pero no han irrumpido en el campo que a cada uno corresponde: escoger su propio camino. Identificarlo y recorrerlo es lo que se conoce como el ejercicio de la libertad. Por eso, cada ser humano es responsable de su propio destino. Pero al escoger el camino individual no cabe olvidar que, en esencia, todos estamos en el mismo bosque, sujetos a las mismas vicisitudes y abiertos a las mismas oportunidades.

Respondemos de nuestros actos. La libertad -don irrenunciable- no se ejerce en el vacío sino “en el mismo bosque”. Es lo que nos dijo Benito Juárez al sentenciar que la paz es el respeto al derecho ajeno. Las reglas sociales que definen el alcance del derecho se legitiman porque obedecen a la voluntad general de asociarse para armonizar intereses diferentes, caminos individuales en el mismo bosque.

Hay caminos que no conducen a ninguna parte. Quienes los han escogido saben quizás a dónde quieren llegar. Pero han equivocado la ruta. Pueden sentirse movidos por un deseo de transformación que a todos beneficie, pero no poseen la clarividencia o la voluntad de rectificar. Están tan seguros de sí mismos que desechan los datos objetivos que demuestran su error. Convencidos de que la fuerza de su voluntad -la voluntad de poder, de Nietzche- puede mover montañas, cierran los ojos a la realidad y se adentran en la espesura del bosque, radicalizan sus ideas y buscan aumentar su poder. Consideran a cuanto les contradice como obstáculos que una voluntad férrea debe doblegar. Persisten en el error, mientras la luz de la razón palidece. Tarde o temprano, quienes así proceden se encuentran con que han venido recorriendo un Holzweg, un camino que no conduce a ninguna parte. La oscuridad termina por rodearlos. Y el sueño de la razón produce monstruos. Al comenzar un nuevo año, quiero esperar que sepamos escoger libremente el camino que nos lleve a un futuro colectivo de adelanto y progreso espiritual y material y que quienes estén en un Holzweg -con mayor razón si están guiando a su pueblo- sepan rectificar sus errores. Heidegger escribió‘Ser y tiempo’. Y Sartre, ‘El ser y la nada’. Que nadie dude que un Holzweg termina ineluctablemente en la “nada sartriana”.