Enrique Ayala Mora

Promoción histórica

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En nuestro país, como en el resto del mundo, es el Estado el principal responsable de promover los estudios históricos. Es preciso insistir en esa obligación y hacer esfuerzos para que se la cumpla en un marco de independencia, porque siempre la libertad académica está en peligro.

Desde luego, hay que reconocer que en los últimos años se ha invertido recursos en consultorías y publicaciones históricas. Pero hay serias complicaciones en todo ello.
En la experiencia de los años más recientes, ha resultado claro que el apoyo y la promoción oficial han estado dirigidos a instituciones y personas que se han puesto al servicio de la propaganda gubernamental. Con mucha más persistencia que antes, en los temas centrales han estado ausentes condiciones para garantizar la independencia de los autores en los productos historiográficos financiados y promovidos por el régimen.

Lo que ha publicado el Gobierno es aquello que entra en una política de propaganda de un “bolivarianismo” y un “alfarismo” bastante rudimentarios. Dándose el extraño caso de que el bolivarianismo y el alfarismo están ausentes de donde debieran estar más que en ningún otro lugar: los planes de estudio del sistema educativo, de donde por obra de las autoridades gubernamentales, Bolívar, Alfaro y la propia historia nacional han sido reducidos al mínimo, al mismo tiempo que se ha eliminado del nivel de los estudios de bachillerato asignaturas como Geografía, Cívica, Realidad Nacional y Educación Ambiental.

En la educación nacional, sobre todo en el nivel del bachillerato, está pendiente un ajuste curricular en el cual se considere la centralidad de la historia del país como eje del desarrollo de la identidad y el proyecto nacional.

Para lograrlo es preciso que confluyan varios factores. Por un lado, el necesario apoyo oficial, suficiente y no condicionado. Por otro, una voluntad de trabajo de los profesionales de la historia para enfrentar la tarea de formular los textos necesarios. Por fin, la concurrencia de educadores y especialistas en pedagogía, que diseñan los planes, programas e instrumentos pedagógicos, así como los planes de capacitación.

Pero más allá de las limitaciones e inconvenientes que tiene el desarrollo historiográfico en nuestro medio, está el compromiso de los historiadores de escribir historia como un esfuerzo identitario para la construcción de la nación ecuatoriana una y diversa, para la promoción de la integración de nuestros pueblos, para la liberación de los seres humanos y la protección de la naturaleza.

Hay mucho que hacer en este campo. Lo que se haga, sin embargo, debe siempre contar con un realidad: la historia no es aséptica ni neutra. Es siempre comprometida, porque cuando se la hace bien, se la hace pensando en la Patria, en Latinoamérica, en la humanidad.