Colette Capriles

Historia a dos velocidades

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8 de July de 2013 00:01

La más notable diferencia entre el mundo con Internet y sin ella (o ello), es que antes los mitos tardaban más en consolidarse. Curiosamente, la velocidad de destrucción de mitos no es tan grande como la de su formación; se podría decir que Internet los multiplica, porque es ella (o ello) misma el Mito por excelencia, la super-meta-narrativa de nuestro tiempo, el relato que convierte todo en uniformemente consumible. Y sobre todo, es un relato que solo se refiere a sí mismo. Por ejemplo, las llamadas primaveras árabes quedan inscritas en la cultura popular como pacíficas insurrecciones civiles que lograron liberar a sus países de longevas tiranías. El "poder viral" habría sido el protagonista de esos cambios de régimen: un poder no político, autoproducido, que emerge de la pura interacción de las "redes", las cuales buscan infaliblemente la libertad, la democracia y los derechos humanos. Bella fábula que reverbera en el imaginario de los insomnes usuarios de Twitter, que a su vez tuitean incansablemente sobre la leyenda misma, propagándola.

No es que las comunicaciones instantáneas y reticulares no hayan tenido nada que ver con los cambios políticos ocurridos en el mundo árabe y en otros mundos; es precisamente eso lo que queda por investigar. Pero el efecto mitológico es poderoso en cuanto a la suspensión de la historia, por así decirlo: será que el atributo de simultaneidad de las redes sociales, y la subordinación perezosa de los medios tradicionales a estas, parece abolir la lógica de la historia y hacer lineal lo que en realidad fue complejo, contradictorio, y, en definitiva, tan humano como es la política desde siempre.

Las primaveras árabes -una etiqueta mediática- no fueron fenómenos homogéneos, no se dejan describir con un único modelo. Sin embargo contribuyeron, por el modo en que fueron construidos y diseminados, a la idea de que es posible la política sin políticos, sin organización, sin ideología. Se pierden de vista el papel de las Fuerzas Armadas, de los partidos políticos, de las variables económicas, y, primordialmente, el de la dinámica interna de los regímenes autoritarios y dictatoriales, que suele ser decisiva para producir transiciones hacia la democracia. Por ejemplo, parte del ejército egipcio sacó a Mubarak, apoyado por otra facción militar, en 18 días, y está hoy a Morsi, democráticamente elegido, amparándose de nuevo en la muchedumbre de Tahrir. Mubarak pretendía hacer prolongar su mandato de 30 años en la persona de su hijo menor, quién sabe si inspirándose en los gobiernos dinásticos de Corea del Norte y Cuba; esta pretensión produjo una fisura en el interior de su régimen que ocasionó su defenestración. Esto sin entrar en la compleja historia y estructura de los Hermanos Musulmanes. El papel del ciudadano-en-red no fue realmente categórico en todo el proceso, en el sentido de que no explica nada por sí solo.

Las fisuras dentro de un régimen autoritario no son solo horizontales, entre los grupos que forman la élite gobernante, sino también verticales, entre la élite y el pueblo; esto último parece asegurado cuando se exhiben manifestaciones de masas e indignación popular, pero lo primero, en cambio, queda a la sombra y solo se expresa indirectamente, a la hora de los desenlaces. A veces inducidos involuntariamente desde los espacios académicos, por cierto, llevados por la tentación de construir modelos con alguna capacidad de predicción a partir de casos cuyos "parecidos de familia" ocultan muchas veces las diferencias. Pero siempre, detrás de los espontaneísmos exitosos, hay una fórmula política, una posibilidad del cambio.