Monseñor Julio Parrilla

Una historia de Pascua

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De repente, como si se tratara de un náufrago arrojado sobre la playa de la memoria, cae en mis manos una reseña y una foto de Julio Alberto, uno de esos malditos ilustres que, después de mil días de gloria, se rompe en mil astillas. Defensa del Barcelona, conoció el éxito, admirado y querido por miles de hinchas que corearon su nombre al tiempo que lo alzaban a la categoría de un dios.

Garra, voluntad de acero, velocidad y furia, eran sus virtudes. Y, sin embargo, a pesar de las apariencias, el corazón estaba roto… Quizá porque, desde pequeño, tuvo que navegar con el viento en contra y las tormentas se colaron en su frágil corazón. Debió de ser uno de esos niños a los que se les coloca el biberón en el centro del laberinto y sólo chupan si son capaces de encontrarlo.

Después de alcanzar el éxito como profesional, saboreó las mieles de la fama. Casado con la sobrina de un banquero, sus apariciones públicas se multiplicaron y se convirtió en un personaje de farándula: cabello engominado, trajes caros, gemelos de oro, corbatas de Hermes y carros del año.

También en las apariencias de la vida social, allí donde fácilmente el hombre se pierde, corrió campo a través a velocidad de crucero: se separa y se vuelve a casar, se separa y se vuelve a casar… Tres matrimonios y el corazón siempre partido.
Hasta que cayó en el agujero más negro, del que parece que nunca se sale. Se entregó a las drogas con la misma pasión que derrochaba en todo.

La tercera crisis matrimonial selló el derrumbe. Por un momento pensó que la salida estaba en la droga… La experiencia destructora le depara alguna frase memorable, mascada Dios sabe en qué agujero nocturno e inconfesable: “Una raya es mucho y mil no son nunca suficientes. Cuando estás enganchado solo piensas en cómo ganar dinero para multiplicar las rayas de cocaína”.

A partir de ahí desciende a los infiernos hasta que toca fondo e intenta suicidarse lanzándose desde el tejado de un hotel. Cuando lo llevan en la ambulancia repite sin cesar: “Estoy poseído por el demonio”.

En pocos años pasa de la arrogancia a la miseria y solo en ella encuentra el camino de la humildad. Es duro tener que llegar tan bajo para poder reaccionar y encontrar una senda de luz. Así pasa tantas veces… Durante años, Julio Alberto se dedicó a hacer campaña contra las drogas. Descubrió que la misma soga que sirve al ahorcado para matarse la usa el escalador para subir a la montaña y alcanzar las metas soñadas.

¿Y la Pascua? El Hombre muerto y resucitado nos recuerda que, en el fondo del agujero, seguimos siendo personas, hijos, hermanos,… y que cualquiera puede hacer de sus heridas una oportunidad. En esta Pascua florida les comunico mi fe y mi esperanza en la feliz resurrección.