Rodrigo Fierro

Historia de siglos

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Cuando pienso y escribo uno de mis artículos de opinión, algunos de quienes me leen me tachan porque dicen que exagero. Viene en mi auxilio Ortega y Gasset: “Pensar es, quiérase o no, exagerar. Quien prefiera no exagerar tiene que callarse; más aún: tiene que paralizar su intelecto y ver la manera de idiotizarse”.

Lo del Estado Islámico y la creación de un Califato que se constituya en el centro del mundo árabe no me sorprende y antes por el contrario lo comprendo. Lo que sucede en parte de Siria e Iraq es como para convencerse que, pese a siglos de distancia, la historia de los pueblos es un repetirse de acontecimientos animados por un mismo propósito. Con los Reyes Católicos, Isabel y Fernando, desde Castilla y Aragón se inició la unidad de España, y con la unidad, su grandeza. Estado católico, el primero que hubo en Europa. Sobraban moros y judíos en una empresa destinada a mantener e imponer dogmas en el resto de Europa y en todos los confines del mundo: la Cruz y la Espada. Carlos V, nieto de los Reyes Católicos, llegó a ser reconocido como Emperador de buena parte de los países europeos.

Integristas, fundamentalistas, los musulmanes actuales, tanto como fueron los católicos hasta el siglo XVIII en que fue abolida la Inquisición. Como el mundo árabe no contó con el auxilio ni del Renacimiento ni de la Revolución Francesa, a los musulmanes les cuesta asignarle al hombre, simple y lato, el respeto que merece su libre albedrío, eso de obrar por reflexión y elección, inclusive en política, ni se diga en asuntos religiosos, tanto es así que sunitas y chiitas se disputan el aire que respiran. Gravísimo: “Civilización es, antes que nada, voluntad de convivencia”. Ni pensar seriamente en superar diferencias; iniciar la construcción de un gran país que en pocas generaciones estaría en condiciones de hacerse valer.

Por otra parte, es de creerse que a los árabes, musulmanes o no, especialmente a los jóvenes, les duele el alma lo que aconteció en Iraq y Libia. De todas partes están llegando voluntarios, algunos mercenarios, a engrosar las filas de las fuerzas del Estado Islámico.

El desengaño tiene que ser atroz cuando se percatan que quienes dirigen el Califato, llamado a unir fuerzas, propician odios antiguos entre facciones religiosas. Sí, los soldados de Alá tienen que armarse. Son los mercaderes occidentales, de armas obsoletas desde luego, los que contribuyen con sus ganancias millonarias a mantener el ritmo de desarrollo de los países enemigos.

Poco debe quedar de los campos petroleros con los que contaba el Estado Islámico. Tierra arrasada es lo que van dejando los aviones no tripulados. Quedan los actos terroristas con los que nadie ha ganado una guerra; igual de inútiles a las excomuniones cuando la España católica perdió la Guerra de Flandes y de ahí a media Europa.