Rodrigo Borja

Los “hispanos”

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Es la denominación que se dan a sí mismos los latinoamericanos en Estados Unidos. Se llaman también “hispanics”, “latinos”, “spanish-american”, “chicanos” (si son mexicanos) y de varias otras maneras. Según datos que poseo -datos del 2009-, los hispanos sumaban -excluyendo a los puertorriqueños- 44 519 196 dentro de una población de 307 millones de estadounidenses y constituían la más numerosa minoría de ese país compuesto de múltiples minorías.

De los inmigrantes hispanos documentados o indocumentados, el 58,7% procede de México, el 15,1% de América Central, el 10,1% de Cuba, 4,8% de República Dominicana, 4% de Colombia, 2% de Perú, 2% de Ecuador, 1,3% de Argentina y 2,3% de los demás países de la región. En el 2005 fueron capturados 1,2 millones de mexicanos que intentaban cruzar ilegalmente la frontera con Estados Unidos.

En el 2010 penetraba a territorio estadounidense cada 31 segundos un inmigrante legal o ilegal.

Los hispanos han adoptado una de tres actitudes frente al medio: la preservación de su identidad cultural y de su lengua, la formación de una cultura mestiza con elementos propios y de la cultura mayoritaria, o la aculturación, o sea la renuncia a su cultura para adaptarse incondicionalmente a la “american way of life”.

Como efecto del choque cultural que su presencia produce en EE.UU. -al portar valores éticos y estéticos totalmente diferentes de los del medio- y de otros factores a los que no es ajeno el racismo de ciertos sectores de la sociedad norteamericana, los hispanos sufren allí severas discriminaciones, según se puede ver en la vida cotidiana.

En torno a ellos, que por no poder insertarse en los procesos productivos de sus países han salido en busca de opciones de trabajo mejor remuneradas, se han formado numerosas mafias de “coyotes” -para usar la palabra acuñada por los mexicanos-, que se dedican a promover y facilitar el ingreso clandestino de los “indocumentados” a territorio estadounidense, venciendo el endurecimiento de los controles migratorios -agudizados después de los atentados terroristas del 11 de septiembre del 2001-, aunque muchos de los intentos terminan en tragedias.
Washington calculó en el 2004 que sus prestaciones sociales a los inmigrantes ilegales y sus familias, descontados los impuestos que ellos pagan, costaban anualmente al tesoro norteamericano unos 10 mil millones de dólares.

La dolorosa diáspora, sin embargo, se ha convertido en fuente de recursos para los países de origen de los emigrantes. El BID estimó que las remesas de ellos desde EEUU y la Unión Europea sumaron 53 600 millones de dólares en el 2005, de los cuales México recibió 20 034 millones, Brasil 6 411 millones, Colombia 4 126 millones, Guatemala 2 993 millones, El Salvador 2 830 millones, República Dominicana 2 682 millones, Perú 2 495 millones, Ecuador 2005 millones.