Rodrigo Borja

Hiroshima y Nagasaki

Compartir
valorar articulo
Descrición
Indignado 1
Triste 11
Indiferente 1
Sorprendido 1
Contento 13

La Segunda Guerra Mundial no terminó con la toma de Berlín, el rendimiento de los nazis y el suicidio o fuga de Hitler, puesto que los japoneses —que con Alemania e Italia formaron el eje Roma-Berlín-Tokio—, aprovechando su predominio naval, se habían apoderado del Pacífico occidental: conquistaron Filipinas y tomaron Tailandia, Malaya —la actual Malasia—, Guam, Hong Kong, el archipiélago de Bismarck, las islas Salomón, las islas Gilbert y Marshall, Singapur, las Indias Orientales holandesas, Rangoon, Burma, Nueva Guinea y las islas Aleutianas.

Después de la capitulación de Alemania los aliados —EE.UU., la Unión Soviética, Inglaterra y Francia— desencadenaron la ofensiva final contra el Japón. Era marzo de 1945. La lucha fue isla por isla.

Los riscos de Iwo Jima y la isla de Okinawa, en combates emblemáticos, fueron tomados por los infantes de marina norteamericanos a bayoneta calada y en lucha cuerpo a cuerpo. Las fuerzas estadounidenses desplegaron su ofensiva total. Pero Japón no se rendía. En los combates por la isla de Okinawa hubo más muertos que en el bombardeo atómico de Hiroshima: 149.000 bajas japonesas y 12.000 norteamericanas.

El 26 de julio de 1945 los gobiernos de EEUU, Inglaterra y China formularon un ultimátum al gobierno japonés —al que se adhirió la Unión Soviética— para que se rindiese incondicionalmente y diera término a la guerra mundial —que a lo largo de cuatro años y medio había causado decenas de millones de muertos— o, de lo contrario, que se atuviese a las consecuencias, que serán su aniquilación total.

Pero la respuesta japonesa fue la resistencia armada. Hasta que Harry Truman —quien asumió el poder a la muerte del presidente Franklin D. Roosevelt el 12 de abril de 1945— ordenó el lanzamiento de las bombas atómicas sobre las ciudades de Hiroshima y Nagasaki para evitar, según dijo, la continuación de la guerra y la multiplicación de sus víctimas.

La primera bomba cayó en Hiroshima el 6 de agosto de 1945, a las 8 horas y 15 minutos de la mañana, y tres días después la segunda en Nagasaki.

La bomba de Hiroshima —de tres metros de largo por 0,70 centímetros de diámetro y cuatro toneladas de peso—, lanzada desde el bombardero B-29, bautizado como “Enola Gay” —cuyo piloto, el coronel Paul Tibbets, murió a los 92 años de edad el 1 de noviembre del 2007—, causó la muerte de 140 mil personas, o sea casi la mitad de la población de Hiroshima.

El infierno nuclear produjo, cinco días después, la rendición incondicional del Imperio japonés, que se formalizó el 2 de septiembre de 1945 a bordo del acorazado norteamericano U.S.S. Missouri, anclado en la rada de Tokio.

El jueves pasado se cumplieron 70 años de ese trágico episodio —con el que se inauguró la “Edad Atómica” en la historia universal— pero aún no concluye la vieja discusión en torno a la justificación o no del uso del poder atómico.