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La peste es un libro fundamental, como lo fue El extranjero. Trabajando esta madrugada en Camus, encontré algunos comentarios míos que me hicieron pensar en ti, en tu sentido del trabajo, en los ideales que tenemos y que tú no has tardado, como tantos de nosotros, en formular, en este mundo difícil que nos llama. Te los paso, para que los leas:

Su moral de la honradez empuja al hombre a vivir de sus únicos bienes: la luz, la amistad, el humilde pan cotidiano; atribuye el papel que corresponde a la ternura humana y la pone en la base de la solidaridad. Solo la conciencia del sufrimiento y de nuestro mortal destino común puede vencer los límites que impone la vida. Evitar ser culpables de cobardía o mentira; servir a todos, cuidar su salud corporal y las necesidades de su corazón.

El doctor Rieux exalta la comprensión que es la base de su humanismo: saber escuchar a los otros, coincidir con cada uno en la amistad y en la desdicha. Su lealtad se estrecha en el abrazo del mundo: más allá de las enseñanzas de la peste, en la noche de Orán, el mar ciñe los cuerpos de Rieux y de Tarrou, ateo sincero, ‘santo laico’, hasta su muerte.

Su generosidad vigoriza a los demás; reciben las confidencias de Grand con interés auténtico; separado de la mujer que ama, Rieux sabe que nada en el mundo es tan fuerte como para que un ser humano renuncie a su derecho a la felicidad, pero vive solo y en riesgo, “sin saber por qué”.
Aquí caben las respuestas a la moral de Rieux, que Camus, en su vida absurdamente corta, no logró formular… El doctor enseña la lucidez y el dominio de sí mismo, la huida de todo totalitarismo, la autenticidad que, para los héroes positivos de La peste es la virtud central, y equivale a cumplir con las exigencias de la vida, a pesar de los desgarramientos personales. Más allá del hombre concreto que aspira a ser feliz y a descansar tras la lucha, se halla la urgencia de felicidad de los demás que resquebraja el universo cerrado de cada uno, y evita que nos convirtamos en portadores de la peste y contemporicemos con el mal.

El instinto de verdad, admirable armonía de vida y pensamiento, late en los enunciados de Camus. Directo y eficaz contra ideólogos dislocados en secas certezas ‘revolucionarias’ miserables e inciertas, que prueban en la historia su camino hacia el odio y el asesinato, las convicciones de Camus se prueban en el ansia de verdad y de bien de cada hombre honrado, en su nostalgia, y hacen de él uno de los pensadores vivos a los que siempre se retorna como a la fuente secreta de la acción.

“…él sabía lo que esta muchedumbre dichosa ignoraba, y que se puede leer en los libros; que el bacilo de la peste no muere ni desaparece jamás, que puede permanecer dormido en los muebles y en la ropa, que espera en las alcobas, las bodegas, las maletas, los pañuelos y los papeles, y que quizás llegue un día en que, para desgracia y enseñanza de los hombres, despierte a sus ratas y las envíe a morir en una ciudad dichosa”. (¡En francés, es tan hermoso y triste !).