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9 de October de 2012 00:03

Vi en EL COMERCIO la foto de Marco Peralta en medio de la selva durante la guerra de Paquisha de 1981. Mi memoria me transportó a otro escenario, el de la guerra en la Cordillera del Cóndor, donde conocí a un personaje.

Imposible recordar su nombre, pero tenía aproximadamente 25 años, era de Manabí y llevaba dos meses sin salir de la selva, lejos de su familia, pero con un estado de ánimo muy elevado.

¿Miedo? Era la pregunta obvia que me permití plantear. “Qué va”, respondió, aquí estamos seguros y dispuestos a defender nuestra soberanía. En un momento del día, con poca actividad bélica, me invitó a conocer lo que en ese momento describió como su guarida.

Era su trinchera, cavada por él mismo, pero con normas militares de seguridad. Un tronco largo protegía el hueco en caso de que una bomba estallara en el lugar. Se ingresaba por un orificio que solo permitía el ingreso de un cuerpo a la vez.

Del interior recuerdo apenas unas estampitas de algún santo, así como un banderín de Barcelona, el equipo de sus amores. Para que la conversación sea más distendida, nos concentramos en el fútbol.

A pocos metros observé unos bultos plásticos, de tamaños similares. Mi amigo manaba me explicó, con mucha resignación, que eran cadáveres de soldados caídos en combates recientes que estaban a la espera de ser evacuados en un helicóptero hasta la base militar de Patuca, el centro de operaciones estratégicas de esa guerra.

Cuando leo la historia que publicó el domingo este Diario no puedo evitar estos recuerdos. Peralta, además de en Paquisha, estuvo en Tiwintza, en el “miércoles negro”, el 7 de febrero, cuando se registró el mayor número de bajas en la guerra.

En el reportaje se cuentan otras dos anécdotas: la de Jorge Bolaños y la de Nelson Castillo. Peralta y estos dos ex combatientes son solo algunos de centenares de héroes del Cenepa que dieron todo, incluso sus cuerpos mutilados, para defender al país. La fría estadística anota que durante el conflicto murieron 33 militares y que otros 38 fallecieron después de finalizada la guerra, como consecuencia de las heridas tanto en combate como por pisar minas antipersonales.

Hay una ley que, lamentablemente, no ha recibido el trato adecuado y que, como suele ocurrir, se ha dilatado por razones políticas. He escuchado absurdos de que estos héroes no necesitan un trato especial porque cumplían con su deber.

Los políticos no tienen sensibilidad. Desde su comodidad y sus egos se creen más importantes que estos soldados, verdaderos representantes del pueblo que, aunque no hayan ganado elecciones, se merecen el respeto de toda la sociedad.

Ahora recorren el país en busca de apoyo y firmas para la ley de héroes y heroínas. No deben ser olvidados por la desidia política.