Alfredo Negrete

Héroes y ciudad

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31 de May de 2012 00:01

Que importó la ciudad y sus habitantes el 24 de mayo; o que los ciudadanos trabajen en una urbe sin brújula municipal; tampoco que era un día apretado antes de un feriado y conociendo que en Quito cualquier calle cerrada genera un caos colosal. Ahora se trataba de la estratégica avenida De los Shyris y, si algo faltaba, también se les ocurrió parquear a imponentes blindados de las Fuerzas Armadas en la 6 de Diciembre. Una bella y amplia avenida que castiga diariamente a los ciudadanos con una espantosa sincronización de los semáforos.

Sin incurrir en la sicopatía del régimen sobre golpes de estado, era obvio la incomodidad de las Fuerzas Armadas luego del trágico vuelo de una avioneta que estableció un récord desde México hasta el Ecuador a baja altura. ¿O fue desde nuestra frontera norte hasta las incómodas alturas de Manabí?

El problema afectó a la institución militar. Cómo es posible que uno de los mejores ejércitos preparados en planificación, estrategia y disposición disuasiva como se demostró en el Cenepa, sea sorprendido con un vuelo a ras del suelo. De aceptar esta hipótesis, nuestro histórico adversario nos hubiese hecho pedazos, pero entonces sin tantos artefactos chinos solo disponíamos de la brigada Galápagos y su rápido descenso hacia El Oro y nuestros héroes conduciendo intrépidos Mirage.

El 24 de mayo es una fecha de celebración continental. En las alturas del Pichincha flamean, aunque no se divisan por la nieblas andinas, los estandartes del abrazo Maipú que selló la independencia de Chile, las proclamas de Tucumán de 1816 que fecundó la República Argentina, el jarrón de Bogotá que empezó la independencia de Colombia, al vate Olmedo blandiendo su lira a Junín y, dicen algunos vecinos de esas alturas, que en Septiembre se escucha la campana del cura Hidalgo que inauguró la independencia de México. El Pichincha no es de Quito ni del Ecuador, es de América.

Por ese motivo, un régimen que cuida su imagen como parte de la soberanía nacional tenía que buscar una compensación con quienes -ellos, sus descendientes o su compañeros- no utilizaron la retórica revolucionaria, sino que en silencio acamparon en la selva y en las alturas del Cóndor para reparar los errores de 1941 o la injusticia jurídica del enero siguiente en la sede imperial de Itamaraty.

Ojalá que el Ministerio de Trabajo, de Relaciones Laborales o de la nominación que le corresponda en este año electoral, expida un decreto que exonere de culpa a los empleados públicos y privados por el atraso del 24 de mayo del 2012. Trabajan en una urbe en la cual solo los funcionarios de élite pueden transitar por los espacios del trole; asimismo, que el Tribunal Electoral dicte una norma que permita que el Alcalde y los actuales concejales del cabildo capitalino puedan ocupar cualquier puesto público, pero jamás ser reelegidos.