Fabián Corral

La herencia, ¿un tema ético?

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La iniciativa gubernamental de gravar fuertemente al patrimonio de las personas puso sobre el tapete de la discusión un tema que había estado adormecido y que, para algunos, incluso habría perdido importancia en las sociedades modernas: el de la herencia. La iniciativa agudizó, además, las tradicionales recelos que la gente tiene respecto de la afectación a su propiedad.

1.- La dimensión económica de la familia.- La herencia es la dimensión económica de la familia. Uno de los objetivos fundamentales de las personas de todas las clases sociales -ya sea que tengan matrimonio formal, católico o no, o unión de hecho- es consolidar un patrimonio que asegure el porvenir de los hijos.

Ese tema es parte sustancial de la agenda familiar y signo de progreso. Tras la herencia está, además, el sentido de propiedad y su fuerte apreciación como valor social, como punto de referencia, como argumento que respira legitimidad.

Esa vinculación entre herencia, progreso y propiedad es lo que sensibiliza estos temas, al punto de haberse transformado, en poco tiempo, en asunto de angustia, en materia de especulaciones y en factor de movilización. A esto se asocia el hecho de que, en nuestra sociedad, y creo que en casi todas, las propuestas impositivas nunca gozaron de popularidad y siempre generaron suspicacias, sustos y antipatías, y todo esto, por cierto, más allá de las razones técnicas, de las necesidades públicas y de los discursos que soporten los proyectos.

La valoración de la propiedad sobre los frutos del trabajo –vieja idea de la Iglesia Católica, por cierto-, y su necesaria relación con el provenir y de seguridad para los hijos, son presupuestos sobre los cuales funciona la sociedad. Mientras esos valores no cambien, mientras las personas se tengan fe, y mientras no ganen espacio temas como “los derechos del Estado sobre la herencia”, será difícil que las normas que se dicten gocen de legitimidad, esto es, de fuerza moral, de autoridad y prestigio. Podrán cumplirse pero sintiéndolas como imposición y bajo las presiones del miedo.

2.- La dimensión ética del  asunto.- Las discusiones y reacciones públicas suscitadas en torno a los proyectos de ley, desde el principio, prescindieron de sus contenidos legales e incluso de sus cuestionamientos constitucionales –que hay muchos y de indudable valor- y se tornaron temas sociales y políticos. Más aún, rápidamente se entendió que el asunto pasa por lo ético, y la gente más o menos explícitamente, se ha venido preguntando, a su modo y en su forma, si el Estado tiene límites frente a la propiedad privada y al patrimonio familiar; si será más importante la recaudación tributaria o la estabilidad familiar; si prevalecen los planes de la familia o los que nacen del Gobierno. En fin, qué es lo primero y qué es lo más importante.

Esas preguntas, por cierto, aluden a conceptos de Derecho Político, que, curiosamente y sin que nadie se haya propuesto, y solo bajo la fuerza de los hechos, desde las aulas universitarias -en donde ocasionalmente se tocan cuando el profesor es lúcido y actual- súbitamente saltaron al público y se volvieron argumento callejero, ocupación de casa y esquina y tesis de muchos que han “acumulado” recursos, modestos o importantes, pensando siempre en los hijos.

3.- El sentido generacional de la herencia.-La preocupación más intensa respecto de los proyectos de ley alude a un tema capital en la percepción y en la convicción de la gente: el sentido generacional y previsivo de la herencia, la función de seguridad que cumple el patrimonio familiar, y además, algo que sostiene a las familias, incluso a las más pobres: el derecho incuestionable y la obligación de “dejar algo a los hijos”. Esta percepción, que surge en la más básica charla con cualquier persona, suscitó preocupaciones respecto del destino de los bienes familiares y superó largamente las tesis de la redistribución de la riqueza, de los derechos del Estado sobre la herencia, el interés tributario, y en especial, la teoría de romper las estructuras económicas de las empresas familiares. Quedaron desbordadas por la dominante preocupación de la clase media, respecto de la función generacional de las herencias, las teorías de la acumulación capitalista, que sonaron, como nunca antes, a doctrinas nunca discutidas, y a propuestas sorpresivas, que generaron susto y desagrado.

4.- La herencia, ¿es un asunto elitista?.- La argumentación del elitismo de la herencia ha quedado sin piso. Las explicaciones y las “calculadoras” no han logrado despejar los recelos suscitados en buena parte de la clase media, que es, en definitiva, el sustento de todo sistema democrático. Y esto, en mi opinión, porque en el país no ha variado la fuerte convicción de la propiedad privada como asunto moral antes que legal, ni ha cambiado la idea sobre el derecho a disponer de lo legítimo, ni se ha modificado el sentido de previsión hacia las generaciones futuras.

Así, pues, me parece difícil radicar con éxito la discusión en búsqueda de aceptación y de legitimidad de las reformas, exclusivamente en torno a temas de acumulación del capital, socialismo del siglo XXI, reforma del capitalismo, y más asuntos que aparecen como fundamento de leyes que afectarán al núcleo de las convicciones familiares.

Creo que la gente está clara en que tanto la propiedad privada como el derecho a formar patrimonio para los hijos, no pueden entrar en la agenda de la discusión política, que sobre eso no se votó, ni mucho menos, que propiedad y herencia y porvenir son patrimonio para los que tienen y opciones irrenunciables para los que no tienen. No se entiende, y no se admite, aquello de que el Estado deba “heredar” del esfuerzo privado.