Diego Pérez

Hagamos un trío

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28 de April de 2013 00:02

En el caso de la banda canadiense Rush -hace poco aceptada al Salón de la Fama del Rock- se funden dos características que la hacen uno de los más grandes grupos de todos los tiempos: por un lado su autoridad como trío y en la otra vertiente haber llevado su música a las límites mismos del virtuosismo y de la complejidad. Es que en Rush se dan la mano la solidez y el funcionamiento de reloj suizo que solo pueden alcanzar los músicos bien cohesionados y los proyectos con ambición de trascendencia. En términos de vinos y manjares, Rush es el maridaje perfecto entre el rock de altos voltios, la maestría (individual y en conjunto) de sus tres miembros y el apetito (por suerte realizado) de crear un sonido único, a medio camino entre la dureza, la pesadez y lo sinfónico, una amalgama entre lo compacto y lo progresivo. En pocas palabras, un sonido que no deja zonas grises, en el que todas las tuercas y los tornillos están perfectamente ajustados, en el que no hay espacio para fisuras de naturaleza alguna. Rush produce adhesiones o tirrias, honras o quejas, fanáticos o detractores, pero nunca deja cabezas sin voltear.

Tocante al poder de los tríos, Rush resultó beneficiario y sucesor de los sonidos estridentes, macizos y monolíticos del Jimi Hendrix Experience (guardando, claro, las distancias y las diferencias de lado y lado) y de los afamados Cream (con las reservas respecto del aporte bluesero que Eric Clapton traía a la mesa). Es que, si se ponen a pensar, los tríos suelen caracterizarse por su sonido furibundo, por su músculo y por su compactación. Tres buenos músicos -guitarra, bajo y batería- pueden y suelen ser, en la práctica, sinónimo de autoridad y de carne cruda, y si no le podemos preguntar a los barbones de ZZ Top cuando estuvieron en el pleno de sus capacidades o a Nirvana en la edad de la rabia. Pero la banda (Rush) es también una feliz suma de sus miembros: de la voz neurótica y tembleque -para muchos insoportable- del bajista Geddy Lee, del prodigio en guitarra eléctrica de Alex Lifeson y de la batería (son legión los que creen que es el mejor batero y punto) de Neil Peart.

Y claro, están los celebrados vericuetos: las proezas en batería, los embrollos de las líneas de bajo, la pirotecnia de la guitarra eléctrica. Y los laberintos de los álbumes conceptuales, las aspiraciones de que cada disco sea una obra de arte en sí mismo, sin descuidar ni siquiera la portada, y de que la música esté llena de segundas intenciones, de símbolos, de significados, de diversas capas. Así, el cóctel de Rush es uno del rock pesado que pasea por los bulevares del teatro, de lo sinfónico y de lo complejo, una receta que ha resultado inmune al tiempo. En el análisis final el arte de Rush siempre tiene algo de majestuoso, algo de grandilocuente y fastuoso, algo de faraónico como para que nadie quede impasible, como para combatir cuerpo a cuerpo con la indiferencia.