Álvaro Sierra R.

De las mechas

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Que lo hagan los opositores del proceso de negociaciones de La Habana no tiene nada de raro –en esas están desde que empezó–, pero es insólito que quienes impulsan las conversaciones con la guerrilla de las FARC, empezando por el Presidente de la República, crean que la mejor manera de defenderlas es convertir la paz en un campo de batalla.

Por supuesto, todo tiene explicación. La carta del Procurador tiene su dosis de perversidad. Insinuar que, más o menos, ya se acordó en Cuba reformar las Fuerzas Militares y poner a los guerrilleros a cuidar el campo, si no es malintencionado, al menos no es cierto. Hasta las FARC protestaron, alegando que eso ni se ha discutido. Pero que el presidente Santos califique de “realmente perverso” el comunicado del alto funcionario es ponerse de púgil, no de árbitro (por algo este, que no da puntada sin dedal, le contestó: “Señor Presidente, serénese”).

Que Pastrana iba a buscar camorra en Venezuela para mantenerse vigente –los expresidentes colombianos parecen amar lo opuesto de sus pares de otras latitudes, que disfrutan con el olvido– es casi obvio. Y obvio era que el tambaleante Maduro no dejaría pasar el papayazo. “Fósil político”, fue de lo más suave que le endilgó al exmandatario del Caguán, cuyo intento de visitar a Leopoldo López en la cárcel logró lo que no había podido nadie en la oposición: que los gobiernos de Colombia y Venezuela se pelearan. (Lo cual también tiene explicación: el Gobierno colombiano, obligado a defender a su ex, al pedir la libertad del antichavista preso, aprovecha la ventana que le da la debilidad del régimen venezolano para tomar una distancia que le permite tender puentes con su propia oposición).

Y qué tal la batalla campal que generó el Fiscal con su anuncio radial de que la refrendación popular del proceso de paz es jurídicamente innecesaria. Afirmación tan técnicamente cierta como políticamente explosiva. Tanto el Gobierno, lanzando globos, como la oposición, pinchándolos, están midiendo cómo recorrer un camino en el que cada día se ve más cuesta arriba que un mecanismo democrático apruebe lo que se acuerde en Cuba.

Debates parciales y prematuros. Aún no se ha hablado de cómo se desmovilizarían las FARC, y ruge la polarización sobre si pueden integrar o no cuerpos de seguridad, como si ya se hubiera acordado cómo van a reintegrarse. La refrendación será importantísima, pero solo tendrá lugar en el 2016 o el 2017 –si es que la hacen–. Y la situación de Venezuela –eso sí bien importante– poco esclarecimiento va a ganar ventilándola a partir de una coyuntura teatral, en lugar de sopesar las consecuencias de que esepaís, con su gobierno asediado y el acuerdo Cuba-Estados Unidos en el centro de la escena, se desdibuja a ojos vistas como actor relevante en la negociación entre el Gobierno colombiano y las FARC. (Para no decir que la conmoción fue flor de un día, luego de las declaraciones diplomáticas de ambas partes en la Cumbre de la Celac, en Costa Rica).

Ante estos escándalos, que se suceden uno a otro en medio de una negociación trascendental y a los que se dedican ríos de tinta y horas de emisión, un observador externo no puede dejar de preguntarse: ¿y así es como estos colombianos quieren llegar a la paz?