Enfoque internacional

El problema del miedo

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20 de agosto de 2014 23:45

Gustavo Briceño
El Nacional, Venezuela, GDA

Venezuela es un país en el cual ocurren muchas cosas. Cosas que sorprenden al más descuidado de los tontos, y eso tiene consecuencias estrafalarias que nos ejemplifican como país y principalmente como nación. Una de las características de la sociedad venezolana actual es un cierto temor de protestar frente a las medidas que toma el Régimen en sus políticas públicas. No pasa nada, es una expresión muy común. Hay miedo de reclamar lo que nos pertenece.

Casi siempre que doy foros en las universidades, una declaración o manifiesto una preocupación en cualquier medio de comunicación, al día siguiente me llaman diferentes personas para reclamarme si no tengo miedo de que me metan preso. La verdad es que hasta cierto modo, mis amigos tienen razón, pero no por el miedo de mi persona, porque no lo tengo, sino por cuanto vivimos en un sistema político y social en el que las instituciones están ausentes en la realidad política del país.

Y, es lógico que el temor invada a una parte importante de la población, por cuanto al haber una ausencia de instituciones, o la utilización de ellas para fines distintos, la libertad se cuestiona y la democracia deja de cumplir con sus fines esenciales. Es, desde luego, un miedo contra el miedo, que sitúa nuestro destino por causes inadecuados, hasta llegar al extremo de convertirnos en seres inactivos y omisos, en perjuicio enorme de nuestro país y por supuesto, con el fallecimiento lento y formal de las instituciones democráticas.

Esto del miedo es algo muy importante, porque una de las características de los sistemas democráticos y liberales es la idea de que los ciudadanos debemos ejercer derechos. En las democracias modernas, los derechos, sobre todo los políticos, no son optativos sino obligatorios, por cuanto entre otras cosas, el control de los ciudadanos en los sistemas modernos se ejercitan precisamente para salvaguardar la democracia y evitar que ella sumisamente se sitúe al margen de la legalidad y de los tiramos. El no cumplimiento del control del ciudadano –previsto en la Constitución– sobre el poder público constituye en sí mismo, una conducta no democrática o hasta autoritaria, porque viola el principio institucional de todo ciudadano que es preservar y enaltecer la democracia, lo que desde luego acapara la tesis de que la libertad se conquista y no se obtiene con pasividad y formal resignación.

La lucha por la democracia es un combate necesario y útil que debe incluir la valentía de la protesta, y la sapiencia de escoger los medios adecuados para contrarrestar la cara de un Régimen que se dibuja a diario como un diablo sin ninguna consideración de escrúpulo o ética. Eso da miedo hacerlo sin duda alguna, pero la conjura caótica que nos corresponde a los venezolanos es una escogencia entre el miedo como forma de expresión individual y colectiva o la batalla por la democracia. Seguiremos conversando.