Susana Cordero de Espinosa

Just stop the war!

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Qué vigor el del inglés, de palabras cortas, precisas, sin artificios retóricos; a estas alturas de los días, las guerras y los medios, miles de veces se habrán repetido estas palabras; miles de veces se habrá visto en pantalla al niño sirio de doce o trece años, de enormes ojos tristes y dientes aún no completamente crecidos entre sus labios casi infantiles. Las pronunció en inglés. “Solo paren la guerra y los dejaremos en paz, porque dejaremos de salir de nuestro país”.

Para nuestra lógica, se trata de un niño sirio de clase media y, sin duda, esta constatación nos sirve para compadecerlo más, porque estamos más divididos que nunca en calificar y apreciar a los seres humanos por clases, colores, olores, nacionalidades, privilegios: siempre contarán más en su posibilidad de conmocionarnos los menos pobres que los pobres pobres; los menos ignorantes que los totalmente analfabetos.

Y Aylan Kurdi, el niño sirio con su carita contra la arena, su cuerpo acariciado por las olas suaves, una y otra vez, como si estuviera dormido, aunque estaba muerto. Su padre cuenta cómo en el mar nocturno quiso tomar de las manos a los niños y a su esposa para impedir su muerte y resbalaron sus manos, se fueron lejos, camino de otro mundo, más allá de este, atrapado entre guerras, indiferencia, ambiciones y riquezas mal habidas que así hemos ido haciéndonos, equívocos, banales, ¡pobres de nosotros!

Si evocamos a Hudea, la pequeñita que se ‘rindió’ ante el fotógrafo, que sea solo un instante. En buena ley, ¿qué hacer con tanta emoción, a dónde llegar? Desahoguémonos, para aliviarnos. Protejamos nuestra tranquilidad, respiremos; relajémonos concentrando nuestro pensamiento en cada uno de los dedos del pie, el gordo primero, los otros después, hasta el meñique; subamos por la pantorrilla derecha, la izquierda luego; concentrémonos en cada rodilla, primero la una, luego la otra y así sucesiva, lentamente… y en las manos, los dedos, el antebrazo izquierdo, el codo, el brazo, el hombro; ahora el derecho, hasta la piel del cuello, la de la cara; concentrémonos en nuestros párpados, cerremos suavemente uno, primero; otro, después.

Detengámonos en la piel de nuestra mollera, despacito, dándonos tiempo, que tiempo tenemos. Lo saben Paulo Coelho y adláteres, lectura obligada, profetas de nuestro mundo. ¡A olvidar, ya que no podemos vivir conmocionados! La emoción es incómoda y felizmente efímera, y en este mundo de horror, otro horror borrará la anterior conmoción.

“La impotencia de la felicidad”, escribí sobre Hudea; vergüenza de estar al abrigo, de tener nietos de su edad que sufren los pequeños detalles gozosos o ásperos que les ayudan a ser mejores; la tranquila impotencia de la lejanía, la de no poder contra el horror. ¿Hasta cuándo imaginar que nosotros no somos parte de ‘nosotros’ y ver de lejos lo que sucede, sin que algo cambie en nuestra vida?... Barcazas, cayucos, los sufrientes y muertos son nuestros muertos, pero demasiado lejanos para ser ‘nosotros’.