Juan E. Guarderas

Guerra de peinados

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Quién sabe si este será un sobrenombre que quede para la posteridad; tal vez las generaciones futuras así terminen denominando el conflicto norcoreano-americano. Empezó como una simple burla por parte de comediantes estadounidenses a los peinados tanto de su presidente como del líder norcoreano. Pero con el tiempo se ha vuelto una brillante forma de nombrar el conflicto al tiempo que evoca las deficientes capacidades de los antagonistas.

Verdaderamente, no estamos ante el choque de dos estadistas – hay que ser muy, muy generosos para calificarlos así –, para muchos es más apropiado el describirlos como extraños amasijos de células muertas, apenas cabello peinado.

Pues justo lo que teme la comunidad internacional en este posible enfrentamiento es la volatilidad de los líderes. Su visceralidad extrema y su comportamiento impredecible pueden desmantelar la eficacidad de estrategias sesudas y diplomáticas dirigidas a evitar el peor escenario posible. Precisamente, en mayo el periódico sudcoreano Segye Times se refería a Trump como una pelota de rugby, porque da rebotes inesperados.

Por ejemplo, la simple enumeración de atrocidades cometidas por Kim Jong Un agotaría el espacio de este artículo, empezando por la ejecución de sus propios familiares (incluyendo su tío, que según fuentes no verificadas fue liquidado por perros hambrientos), pero a quien Trump ha calificado en el pasado de “pretty smart cookie” (galleta muy inteligente) y señalado que en caso de darse las condiciones sería un “honor encontrarlo”. Para valorar estas declaraciones hay que tomar en cuenta que Corea del Sur es un aliado estratégico y de fundamental importancia geopolítica para los EE.UU.

Las actuaciones políticas en ambos bandos son un caos. En efecto, estos días se percibe lo que el analista inglés Simon Jenkins llama “la diplomacia de la torpeza”. Pasamos de un escenario donde se realizaba una partida de ajedrez estratégico, a un juego de ver quien tiene el misil más grande.

Antes, los EE.UU. habían ejercido la política de “paciencia estratégica”, donde se consideraba que a pesar de que los norcoreanos trabajen en el desarrollo armamentístico, su falta de planificación militar para un despliegue regional de su poder, hacía que su capacidad militar sea solo eso, capacidad militar. Entonces, sancionaban y disuadían el desarrollo de los misiles, pero no se les ocurría retar a un loco como Kim Jong Un a utilizarlos. Trump, en cambio, despliega su armada.

El Secretario de Estado, Rex Tillerson, ha señalado que es el fin de la “paciencia estratégica”. Ahora, el escenario es otro totalmente diferente, es un juego de desafíos, donde un loco le conmina a otro loco a que muestre lo que tiene. Sería divertido si no fuera por la capacidad destructiva de ambos peinados.