Antonio Rodríguez Vicéns

Günter Grass, una lección ejemplar

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Me enteré de la muerte de Günter Grass por la prensa y, aún conmovido (los autores que admiramos son amigos con quienes hemos dialogado en silencio), fui a la biblioteca. En uno de los estantes tengo algunas -pocas- de sus obras: ‘El tambor de hojalata’, ‘Años de perro’, ‘Es cuento largo’, ‘Mi siglo’, las conversaciones con Nicole Casanova… Comencé a revisar -no lo había leído- ‘Pelando la cebolla’, un libro autobiográfico. “El recuerdo se basa en recuerdos, que a su vez se esfuerzan por conseguir recuerdos. Por eso se asemeja a la cebolla, que, con cada piel que cae, deja al descubierto lo olvidado hace tiempo.

Luego, sin embargo, el filo del cuchillo la ayuda a conseguir otro fin: cortada piel a piel, provoca lágrimas que nublan la vista”.Grass, hurgando en la memoria, en un esfuerzo por recuperar sus recuerdos, recorre desde los años de su infancia en Danzig, su ciudad natal (“mi infancia terminó en un espacio angosto, cuando, donde me criaba, la guerra estalló simultáneamente en varios sitios”), hasta su viaje a Francia, a finales del verano de 1956.

En París, después de haber encontrado una primera frase que había buscado durante largo tiempo, escribió ‘El tambor de hojalata’, su primer libro, publicado en el otoño de 1959. En París, cuenta, “encontré por fin ante la pared resbaladiza, por húmeda, de mi estudio, que era al mismo tiempo cuarto para la calefacción de nuestros dos cuartitos, esa primera frase:Pues sí: soy huésped de un sanatorio…”

La guerra -esa cruenta obsesión del odio y de la estupidez humana- ocupa un lugar importante en sus recuerdos. Acepta sin reticencias que integró las Juventudes Hitlerianas y que se presentó como voluntario para ingresar al ejército. “Me dejé seducir”, confiesa. No busca excusas ni elude responsabilidades.

Todo lo contrario. “Es verdad que durante mi adiestramiento en la lucha de tanques, que me embruteció durante el otoño, no se sabía nada de los crímenes de guerra que luego salieron a la luz, pero la afirmación de mi ignorancia no podía disimular mi conciencia de haber estado integrado en un sistema que planificó, organizó y llevó a cabo el exterminio de millones de seres humanos”.

Günter Grass se siente culpable por haber guardado silencio, y lo acepta con vergüenza. “Pasó tiempo hasta que comprendí a empujones y admití vacilante que, sin saber o, mejor, sin querer saber, había participado en un crimen que con los años no disminuye, que no quiere prescribir y que todavía padezco…”.

Esta demostración de autenticidad y honestidad, de integridad moral, constituye una lección: ante un estado autoritario, metomentodo y voraz, ante la crasa estulticia de un poder político atropellador y represivo, ante la violación de las leyes y la impunidad, ante el desconocimiento de los derechos individuales de las personas, ante los atentados contra la libertad, aun con riesgos, no debemos callar.

arodriguez@elcomercio.org