Alexandra Kennedy-Troya

Los guayacanes florecen

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7 de February de 2013 00:03

Los costeños guayacanes florecían una vez al año, tras las primeras lluvias en enero; el cambio climático ha alterado este natural rito ligado al celo de algunos animales que, como las cabras, pastan en el lugar donde estos magníficos árboles abundan. Florecen durante 5 días; la reserva de 42 000 hectáreas situada en el cantón Zapotillo de la provincia de Loja, se viste de un amarillo intenso, abrumador. El aire envuelve, las campanolas amarillas caen lentamente en espiral, a modo de manto. En pocos días volverán a reverdecer.

Llegamos a Mangahurco, un pequeño poblado palta de 500 habitantes al suroeste, a 5 kilómetros de la frontera con Perú. Se llaman a sí mismos fronterizos; viven la dulce vida de los olvidados, de quienes relegados históricamente piden una visita de las autoridades, apoyo para mejorar las carreteras, para ingresar al circuito turístico del país, para sentirse parte de un país centralista. Llegamos a festejar con los habitantes que nos acogen en sus casas con sencillez y generosidad. Hay un solo hotel pequeño. Han preparado el dulce de ciruelos, los quesos de leche de cabra, el chivo al hueco, las monturas de mula… Listos para recibir al Ministro de Turismo y su comitiva por primera vez en su historia, para abrir paso a los jinetes de Cuenca y otros lugares, y sus caballos de paso que llegan desde Bolaspamba haciendo cabriolas y requiebros, para bailar con la Reina y los concejales.

Los peores años fueron a partir de 1968, recuerda el maestro Rómulo Aponte, verdadero cruzado para que no se talen los bosques de guayacanes que empezaron a perderse en la voracidad de la demanda desde el Perú. Fueron unos cinco años en que se perdió alrededor de un 50% del bosque; grandes troncos viajaban para convertirse en muebles de madera fina. Poco después, detenido el comercio con el vecino país, se autorizó poner una fábrica de muebles en la misma provincia de Loja que permaneció en pie pocos años. Se ha detenido en buena parte la tala, los habitantes viven precariamente de la agricultura y han puesto sus esperanzas en el turismo, en el arreglo superficial de sus patrimoniales casas.

Existe interés por parte del Gobierno. Sin embargo, es imprescindible crear circuitos que ofrezcan una diversidad de productos a lo largo del año que integren las poblaciones pesqueras de El Oro y las interioranas de Loja. Ahora en que el turista se aleja de las grandes y degradadas metrópolis, en que busca la frescura del turismo rural y el contacto con sus habitantes, es hora de planificar un turismo integrado y cuidadoso amén de concluir la obra caminera en esta región.

El paseo termina con los “baños del Inca” un impresionante complejo pétreo natural, el bosque petrificado del Puyango y las delicias en Puerto Jelí.

En nuestros ojos vibra aún el intenso amarillo de los guayacanes.