Marco Antonio Rodríguez

El Guardián del aire y la memoria

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Columnista invitado

¿Qué hizo el tiempo con Oswaldo Muñoz Mariño para permitirle tanta creación que salió de su talento asombroso y de su sangre alborozada? ¿Replegarse? ¿Dilatarse? ¿Ponerse al servicio de su rigurosa voluntad? ¿Difuminarse o coagularse —como en los millares de dibujos y acuarelas que trabajó en su dilatada y ejemplar existencia—? ¿De dónde, cómo, cuándo emergieron de su exuberante pensamiento tantos proyectos y realizaciones arquitectónicos, tantos ensayos teóricos (un libro de su autoría sobre aprendizaje de arquitectura sigue vigente en México), tantas empresas humanas concretadas o no -¡qué importa!- por este ecuatoriano universal…?
Pacto secreto y misterioso con la otredad, con el otro lado de la vida y de las cosas, con la revelación de la poesía, que no es religiosa, porque es originaria, matricial, hallazgo (o al menos su encuentro más próximo) del verdadero principio. Proclama, en fin, de cómo un ser humano puede doblegar al tiempo, multiplicarlo y apaciguarlo, poniéndolo a su arbitrio. Esto encarnó este peregrino -barro y luz- que inmortalizó cuanto tocó como en una soberbia demostración de que el genio del ser humano lo puede todo. Seres como Muñoz Mariño tornan verdad la poesía: “Hambre de encarnación padece el tiempo”. Y eso otro: “Todo poema es tiempo y arde…”.

Procesos de consonancias y coincidencias, armonías y desafíos, divagaciones y reflexiones, colisiones y aleaciones, miradas raudas y prolijas sobre el arte o estoicas e intemporales -la del asceta frente al crucifijo- el viaje existencial de Muñoz Mariño. Suele repetirse lo que contaba el juglar de las correrías de julio: apenas barridos los estruendos del primer día de combate, muchos grupos anduvieron a los tumbos por las calles de París disparando contra los relojes de las torres. ¿Para qué? ¿Para detener el día del último combate? Sí. Se dispara contra los relojes para convertir en eternidad el irrepetible instante de algún acto (acto en un escenario definido), porque ese, y ningún otro, es, quizás, en el que querríamos habitar siempre -¿morir en él?-. Ese fue el tiempo de nuestro Guardián del aire y la memoria. Así llamé a Oswaldo Muñoz Mariño.

Con ese nombre -me dijo al escucharlo por primera vez- quería que lo recuerden.
En 1968 la Unesco lo nombró cronista vitalicio de las ciudades declaradas Patrimonio de la Humanidad. Soplo imperceptible y palpable, penetración creadora, reacoplo de elementos por apremios preposicionales: los signos claves de su acuarela. Poesía que musita en silencio la hermosura de los sitios recreados por su arte.

“¿Qué país sobrelleva a gusto a sus poetas? A sus poetas vivos, quiero decir, pues a los muertos no hay país que no los adore”, escribió Luis Cernuda. Menos en el nuestro, digo. Nimias notas en la prensa independiente dieron cuenta de la muerte del maestro, el Guardián del aire y su memoria.