Carlos Alberto Montaner

El comienzo de otra historia

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La crisis griega es un problema planetario. ¿Por qué? Tres ejemplos: Syriza en Grecia, Podemos en España y el chavismo en Venezuela comparten elementos que los hermanan: son enemigos de la democracia liberal, partidarios del populismo y proclaman sus simpatías comunistas.

No es casualidad que los primeros y más enérgicos apoyos públicos al gobierno de Alexis Tsipras llegasen de Fidel y Raúl Castro, Evo Morales, Rafael Correa, Nicolás Maduro, Cristina Fernández, Daniel Ortega y Pablo Iglesias, líder de Podemos, que tomó este incidente como un asunto suyo.

En 1992, Francis Fukuyama publicó su ensayo ‘El fin de la historia y el último hombre’. Colapsado el comunismo (salvo en Corea del Norte y Cuba), mientras otros (China y Vietnam) abandonaban el colectivismo por un modelo híbrido de dictaduras capitalistas de partido único, Fukuyana concluyó que la humanidad se movía hacia la democracia liberal, pues los 25 países más exitosos del planeta habían ganado la Guerra Fría.
Estas sociedades respetaban los derechos humanos, la propiedad privada, el mercado y el libre comercio internacional; las administraban gobiernos limitados, cuyas élites dirigentes eran reemplazadas en elecciones plurales y transparentes. Sociedades, además, cuya separación de poderes evitaba los atropellos de los mandamases.

Las democracias liberales –como Inglaterra, Suecia, Francia o Estados Unidos– mostraban diferencias entre los más ricos y los más pobres, pero el objetivo de esta organización social y económica no es el igualitarismo, sino el ejercicio de la libertad individual.

Fueran monarquías parlamentarias o repúblicas, podía haber democracias liberales gobernadas por socialdemócratas, conservadores, democristianos, liberales o libertarios porque, en definitiva, lo que los unía era infinitamente mayor que lo que los separaba.

Lo que Fukuyama no previó es que de los escombros del comunismo surgieran los neopopulistas y neocomunistas, un conjunto de partidos, gobiernos y ONG enemigos de los valores y criterios de la democracia liberal, que ya no pensaban tomar el poder con violencia, sino aprovechando los mecanismos democráticos para, una vez con las riendas del gobierno en las manos, y según permitieran las circunstancias de cada país, implantar la mayor cantidad de colectivismo y autoritarismo posible.

De alguna manera, se trataba de las democracias iliberales, o antiliberales, como describe Fareed Zakaria en ‘El futuro de la libertad’. Universo en donde caben los cinco gobiernos del socialismo del siglo XXI, acompañados por el Partido de los Trabajadores de Lula y Dilma Rousseff, del sector peronista de Cristina, Rusia, la teocracia iraní, o las entidades adscritas al Partido de la Izquierda Europea en el Parlamento europeo, una amalgama donde se amelcochan y abrazan Syriza, Podemos y los delegados de partidos comunistas de Francia, Alemania, Moldavia y así hasta de 17 naciones.

El gran enemigo actual de la democracia liberal es la democracia iliberal. No era el fin de la historia. Era el comienzo de otra.