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“El agradecimiento que solo consiste en el deseo es cosa muerta … Por esto querría que la fortuna me ofreciese presto alguna ocasión donde me hiciese emperador, por mostrar mi pecho haciendo bien … especialmente a este pobre Sancho Panza, mi escudero, que es el mejor hombre del mundo y querría darle un condado que le tengo prometido”. Estas palabras fueron escritas por el gran Cervantes hace más de cuatrocientos años, en la obra mayor que en español leen y leerán los siglos, obra que es su agradecimiento por haber vivido (cada gran escritor agradece con sus obras la vida que se le dio). Recoge en el Quijote, en bellas palabras, los valores que deben guiar nuestra conducta y los que hemos de rechazar, pues el bien y el mal se hallan uncidos en inextricable y confuso enredo en nosotros mismos: egoísmo y liberalidad, lealtad y traición. Don Quijote quiere ser emperador, no para gloria propia, que también, sino para cumplir con la promesa hecha a su buen Panza de entregarle el condado prometido.

No es inútil equiparar el imperio anhelado por don Quijote con el mandato -más que anhelo, pura y obediente verdad- que ostentan nuestros asambleístas, ministros, alcaldes, la gruesa multitud de funcionarios públicos; si algo de quijotismo albergó su mente cuando fueron candidatos, el empeño que pusieron para que se los nombrara puede equipararse con el de don Quijote, cuyo sueño de ser emperador se justifica por dar un condado al ‘pobre Sancho’; Panza, para los que mandan, personifica el pueblo sobre el que dominan. El condado figura la necesidad de la gente que hoy, más que nunca, sufre.

Nadie en sus cabales está contra la idea de contribuir a la reconstrucción de lo destruido por el horrible azar: el ansia de ayudar se demostró desde el amanecer de la devastación, con gestos de gran desprendimiento en nuestra generalizada pobreza, aunque se ha de prevenir el riesgo del empleo del dinero recabado, que no debe suplir lo que en mejores días se desperdició. Vaya, a propósito, una idea:

Que todo el que en nuestra patria recibe sueldo desde el Gobierno (asambleístas, ministros, secretarios y subsecretarios, asesores, adjuntos, jueces, y un etcétera en el que quepa la infinita multitud de asalariados), todo el que vive del dinero del pueblo ecuatoriano, y recibe más de dos mil quinientos dólares por mes, –suma impensable para la mayoría, hoy y siempre- done, no un día, sino un mes de su salario para nuestros hermanos de las zonas devastadas. Podría hacerlo en módicas cuotas.

Que arquitectos, ingenieros, constructores contribuyan a reconstruir al menor costo cuanto se ha destruido. Que todo profesional que pueda aportar algo lo haga desinteresadamente.

Y que la ayuda concreta permanezca. Sabemos que extinguido ‘el fuego de la primera caridad’, como lo llaman los místicos, lejos de la impresión inicial y ya de vuelta a la rutina, difícilmente se mantiene la fuerza de la bendita compasión que nos permitió desprendernos con alegría, y agradecer en ese don, todo lo que hemos recibido.