Carlos Alberto Montaner

La grandeza de Mandela

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10 de December de 2013 00:01

Nelson Mandela, una de las figuras más admirables del siglo XX, fue amigo de Fidel Castro. ¿Y qué? David Rockefeller también. Y Carlos Andrés Pérez (CAP) quien, antes de exiliarse, pensaba igual, porque cuando Hugo Chávez, en 1992, intentó derrocarlo a tiros, Fidel le mandó un mensaje solidario condenando la acción fascista del teniente coronel.

La política hace extraños compañeros de cama. Mandela tenía buenas razones para agradecerle a Fidel. El Comandante fue solidario con los opositores al apartheid, aunque liquidar la segregación racial era más una coartada política que un objetivo del dictador cubano.

Lo esencial, en la Guerra Fría, era conquistar territorios para gloria de Moscú y su mundillo comunista. Por eso Castro, de manera oportunista, mandó sus tropas a consolidar el poder en Etiopía y liquidar a los somalíes. La lucha no era contra la supremacía blanca, sino por la supremacía roja.

No obstante, para Mandela, que un país remoto y pequeño, dirigido por un líder blanco, enviara a pelear a cientos de miles de soldados durante 14 años contra intereses, y a veces contra el Ejército de Sudáfrica, era una fuente de solidaridad y ayuda que debía agradecerse.

A Mandela no hay que juzgarlo por sus amigos, sino por su condición de estadista. Fue prudente y flexible, como sólo lo son las grandes figuras de la historia. Llegó a la cárcel siendo un marxista dispuesto a recurrir al terrorismo para lograr sus propósitos y, progresivamente, desechó los disparates ideológicos y las actitudes violentas. Entró en la prisión como un Lenin justamente colérico y 27 años después salió como un Gandhi sensato y apacible.

Si estaba lleno de rencores, supo tragárselos para darle la mano al adversario y sustituir las venganzas por un simple mecanismo de arrepentimiento público y solicitud de perdón. Junto a Desmond Tutu propició la Comisión de la Verdad y la Reconciliación. El lema era elocuente: "Sin perdón no hay futuro, pero sin confesión no existirá el perdón".

Compartió el Premio Nobel, en 1993, con el último gobernante blanco sudafricano Frederik William de Klerk, y fue capaz de entender que la regla de la mayoría no podía utilizarse para humillar y barrer al 20% que durante siglos los habían maltratado. Aunque sus antepasados procedían de Inglaterra u Holanda, estos blancos se sentían sudafricanos. Debía contarse con ellos, que, además, tenían el capital y la capacidad gerencial.

Mandela comenzó a gobernar en 1994 manteniéndose dentro de la ley y el respeto hacia la propiedad privada y el mercado. No quiso eternizarse en el poder, aunque pudo hacerlo. Administró el país durante 5 años y le dio paso a otros gobernantes. Sabía que en las naciones serias las instituciones tienen más peso que las personas al frente del Estado. Fue, en suma, uno de los grandes políticos del siglo XX.