Monseñor Julio Parrilla

La gran amenaza

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Mi tía Tálida estaba convencida de que el sol giraba alrededor de ella, al tiempo que las vecinas decían que la señora era el ombligo del mundo. Y es que ella creía estar viviendo momentos únicos en la historia. Algo que todos pensamos, sobre todo cuando nos ponemos en el centro de las vidas propias y ajenas.

Desgraciadamente, siento que ahora es verdad, que vivimos un momento único de cambio, sobre todo climático. Como si se tratara de un acuerdo tácito, estamos destruyendo entre todos el planeta, hasta el punto de que también nosotros mismos formamos parte de esa destrucción.

La disminución gradual de la capa de ozono y el consecuente efecto invernadero, los gases producidos por la combustión de carburantes fósiles, la deforestación incontrolada, la ruina de los páramos y la consiguiente destrucción de las corrientes de agua, la megaminería a cielo abierto, el permanente deterioro de la Amazonía,… modifican la atmósfera y el medioambiente, en algunos casos de forma irreversible, con graves implicaciones morales, que no pueden dejarnos indiferentes. La Tierra es una herencia común que, a su vez, tendremos que dejar a quienes nos sucedan, a los herederos de nuestra desidia o de nuestros cuidados.

Cuando escribo sobre estas cosas, algunitos se ponen a la defensiva pensando que la Iglesia pueda estar en contra del progreso, en virtud de un planteamiento conservacionista. La ciencia y la técnica son algo maravilloso, que pueden resolver grandes y múltiples problemas. Sería un gravísimo error separar la ciencia y la técnica de la defensa de la vida, del desarrollo de la agricultura o de la explotación de los recursos energéticos… Pero sería un error mayor que dejáramos de preguntarnos si la explotación de la tierra y del agua están al servicio de la humanidad o en su contra.

A muchos, estos temas les parecerán inútiles o innecesarios, especialmente cuando se trata de hacer un negocio, defender los propios intereses o la rentabilidad de la empresa o, quizá, cuando toca acolitar, por la condición de funcionario, una determinada decisión política… Y, sin embargo, no todo vale. Al final, estos temas hay que ubicarlos en un horizonte ético, algo que choca con la pretensión economicista de ejercer un dominio absoluto de la naturaleza por parte del hombre.

Si el hombre es capaz de destruir al hombre (¿es posible un discurso inocente después de Auschwitz, de los infinitos Auschwitz de la historia?), ¿no será capaz de destruir el mundo en el que el hombre habita? Esta es la gran amenaza: la inmoralidad del hombre y el ritmo depredador de las infinitas explotaciones que asolan el planeta. Los recursos naturales son limitados y no todos son renovables.

El pequeño mundo ecológico de la tía Tálida comenzaba y terminaba en su jardín. Hoy, el desafío ecológico es planetario y único. Y, aunque suene un tanto dramático: no conviene construir una tierra que, como Saturno, devore a sus hijos.