12 de June de 2010 00:00

Gracias a Dios

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Juan Esteban Constaín

Por fin han acabado otros cuatro años de espera inhumana, y el mundo girará de nuevo, al menos por un mes, en la dirección correcta: como una pelota dándole la vuelta al sol. Atrás quedarán los candidatos, las elecciones, la ola verde, el bicentenario, todo. Ahora sólo nos importa el fútbol -óiganlo bien-, y que nuestra única preocupación del día sea si Argentina, la Argentina, va a jugar con la albiceleste o con la azul entera; que si Brasil va a alinear tres delanteros, o que si Italia va a meter el gol en el último minuto.

Por eso, en homenaje a la hinchada universal de la más bella de las artes que desde hoy tendrá su concilio ecuménico -gracias Dios, gracias-, recojo aquí algunas noticias asombrosas sobre la historia del fútbol, o más bien sobre su prehistoria: sobre los juegos con pelotas que en el mundo fueron, antes de que unos caballeros ingleses, honorables y probos, fijaran en el siglo XIX las reglas y los cánones de una de las formas más perdurables de la felicidad. Quizás haya llegado el momento de decir que la civilización no empezó con la agricultura ni con la escritura, sino con el primer hombre que en una tarde del Neolítico descubrió que la rueda (la pelota, no finjamos) es para no dejarla caer de los pies.

Cuenta San Agustín en sus memorias (el título más certero de la literatura universal: ‘Las confesiones’; no hay una sola que esté completa) que nunca pudo aprender la lengua griega. Lo aburría mucho, ciertamente, pero sobre todo era que lo distraía una escena recurrente en la Cartago de su infancia: mientras él trataba de leer a Homero bajo los dictados severos de un maestro egipcio, los demás niños corrían allá afuera, tras el pórtico, con una pelota en los pies. Pero el santo no tenía tiempo para andar perdiéndolo entre las declinaciones áticas y los acentos: lo suyo era lo importante, es decir el fútbol. Y así lo escribió, si mal no recuerdo: "De qué me sirve ser un sabio, si no voy a poder patear como los demás".

En realidad, para los días de Agustín no sólo se estaba cayendo a pedazos el Imperio romano de Occidente: también se venía abajo, con el latín y las legiones y el vino, una tradición futbolera que había empezado en Grecia, y de la que dieron cuenta los más grandes poetas y sabios (hay redundancias que no sobran) de la Antiguedad, desde Homero hasta Marcial y Aulus Gelius. "La esfera patean dulcemente", se lee en la Odisea, pero ni tan dulcemente: era Helios quien lo hacía.

Pero toda decadencia encierra siempre una inesperada primavera, y de las ruinas de Roma, del Imperio, se fueron levantando las cenizas del viejo mundo que aún ardía, bajo los pies de los bárbaros. Así renació el latín, distinto pero no menos rico ni malicioso.

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