Monseñor Julio Parrilla

Gozar de la belleza

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De vez en cuando conviene recordar que estamos hechos para gozar. Gozar significa disfrutar del bien, de la verdad y de la belleza que hay en el mundo. Es insensato buscar el gozo en el mal, en la fealdad o en la mentira. Un gozo así no puede ser profundo ni duradero, ya que la voz de la conciencia grita con fuerza y desenmascara al farsante. No se puede gozar mintiendo, o causando daño al hermano, o afeando al mundo. Estamos hechos para gozar aquí y ahora, en el día a día. No esperen al mañana, ni a las vacaciones, ni al final de la vida laboral, cuando las articulaciones pronostican el tiempo mejor que los meteorólogos.

Sufro cuando veo gente incapaz de gozar, encerrada en sus prejuicios, en la oscuridad de la vida, en el pesimismo del alma. Y, para más, con un pesimismo de fachada, con tonos intelectuales, que intenta justificar la derrota de la propia vida. Siento que, dejando aparte el pesimismo, hay otro obstáculo que nos impide gozar de la belleza: me refiero a los temores. El miedo a lo que vendrá colapsa el placer de vivir. Da miedo gozar de la belleza porque sabemos que la belleza hace daño. Poco a poco nos hemos ido acostumbrando a vivir a media luz, en la mediocridad de la vida, sin apostar ni arriesgar demasiado. Tememos amar demasiado por miedo a perder. No sabemos lo que viene después del amor y eso nos hace cautos y desconfiados. Por eso el temor y el amor son incompatibles. Su convivencia quiebra nuestra felicidad.

La vida y, ciertamente, la fe me han ido reconciliando con la belleza y me han ido alejando de la fealdad. No me refiero sólo a la belleza física, sino a un bien anímico que percibo a través de los sentidos, que son siempre los grandes mediadores de la experiencia. Si quieren descubrir el valor de la belleza, huyan de la conveniencia y de la utilidad. Hoy, muchos se preguntan (ahí se les acaban las preguntas): “¿para qué sirve?”, “¿cuánto cuesta?”, “¿es gratis?”. A la luz de semejante pragmatismo, ¿se imaginan que el amor y la amistad tuvieran un precio?, ¿o que pudiéramos manipular a la persona amada?, ¿o que renunciáramos al arte? La belleza siempre es gratuita y, mal que nos pese, es un don.

Vivimos tiempos difíciles. No son pocos los conciudadanos que piensan que todo se compra y se vende. Y, si se puede, se roba. Los corruptos están lejos de la belleza, más bien afean todo lo que tocan. Por eso, es tan importante ir a lo esencial, que es más bien ir a lo profundo, a lo que cuenta y tiene valor en la vida. La fea corrupción les ha hecho ricos (¡qué experiencia inolvidable comprar lo que te dé la gana y pagar facturas millonarias!), pero los ha alejado de la gracia y, por siempre, los ha hecho desgraciados y feos, muy feos.

Busquen la belleza y el gozo de vivir, Y no se aparten del bien. Cuando llegue el Hijo del Amor Hermoso encontrarán su propio rostro reflejado en sus ojos.

jparrilla@elcomercio.org