Gonzalo Maldonado

¿El último mandarín?

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La muerte de Umberto Eco ha dejado a Occidente sin uno de sus grandes intelectuales. Heredero de la tradición de Sartre y Camus por su indeclinable interés por todo lo que concierna al género humano, Eco supo, a través de sus libros, conferencias y programas de radio, enseñarnos que las personas podemos considerarnos hermanas porque compartimos un sustrato único que está hecho con base en las palabras que fueron escritas primero en la Ilíada y luego en La Eneida.

Quienes lo conocieron dicen que Eco era uno de esos personajes vastos y rotundos a los que era imposible ignorar porque combinaba una serie de facetas inusuales en una misma persona: ratón de biblioteca, trabajador incansable, políglota y conspirador político a tiempo completo; pero también comelón, bebedor y fumador empedernido, capaz de pasar horas conversando sobre temas complejos, como la semiótica cognitiva, o frívolos, como la publicidad o la pornografía.
La erudición y el buen juicio que Eco fue acumulando con el tiempo le confirieron un estatus de “mandarín” –como dicen los ingleses y franceses–, un apelativo que describe al intelectual que cuenta con el prestigio y la autoridad moral para pronunciarse sobre los grandes y pequeños temas que preocupan a la humanidad.

Por ejemplo, Eco se convirtió en un verdadero compás moral que impidió que la sociedad italiana se perdiera por completo en el populismo corruptor de Silvio Berlusconi. Eco fue también un maestro amistoso que mostró a millones de personas que muchos enlatados de TV solo son subproductos de ínfima calidad de las obras clásicas y que, por tanto, era preferible mirar “El nacimiento de Venus”, de Botticelli, que “Cagney & Lacey”.
¿Fue Eco el último mandarín de Occidente? ¿Desapareció, con él, ese intelectual comprometido que se ve como alguien llamado a cambiar el mundo en el que vive? Tal vez no.

Nuevas generaciones de futuros mandarines siguen formándose a la sombra de gigantes como Jean-Francois Revel u Octavio Paz. Me refiero, por ejemplo, a Michel Houellebecq o Javier Cercas. Este último, bajo el influjo de Mario Vargas Llosa, publicó un ensayo sobre la obligación que tiene el escritor de participar en la vida pública expresando sin ambages su parecer.
Un mandarín, dice Cercas, es quien puede decir No “en las situaciones límite, en los momentos más comprometidos, cuando se decide el destino de la sociedad y más difícil es conservar la cabeza”.


Con esa negativa, el intelectual obra el milagro de preservar la dignidad colectiva. A diferencia de los políticos, los funcionarios o los hombres de negocios, cuya actividad está erizada de intereses en conflicto, el escritor tiene, como nadie más, la capacidad para expresar con absoluta libertad lo que piensa.
Eso fue, precisamente, lo que Eco hizo toda su vida.