Gonzalo Maldonado

¿Un populista a la Casa Blanca?

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El éxito electoral de Donald Trump muestra que el populismo no es patrimonio del Tercer Mundo sino un fenómeno capaz de prosperar en cualquier sociedad. Es lógico que así sea porque esta forma viciosa de ejercer la política medra de los prejuicios y de las emociones más obscuras que tenemos todas las personas, independientemente de quiénes seamos o dónde vivamos.

Todos los candidatos y gobernantes apelan a las emociones para seducir a los ciudadanos pero, a diferencia de los populistas, los políticos democráticos buscan sembrar ideas o valores virtuosos a través de esas emociones. Por ejemplo, Obama propició la esperanza entre sus electores y Churchill el deseo de victoria entre sus compatriotas.

Trump, en cambio, se ha colocado a la cabeza de las primarias republicanas instigando el miedo, el prejuicio racial y la violencia no sólo verbal sino incluso física. La amenaza del terrorismo islámico y una economía que no muestra por completo sus signos de recuperación son, seguramente, los dos elementos que le han permitido a este empresario presentarse como una suerte de patriarca iracundo, capaz de resolver cualquier problema apelando a su habilidad para hacer negocios.

¿Qué propone Trump? El millonario convertido en candidato evita, de forma deliberada, ofrecer detalles sobre sus propuestas pero, entre las más sonadas, está construir un muro de 3 mil kilómetros a lo largo de la frontera sur. Los propios mexicanos pagarían el costo de ese muro, dice Trump, porque su Gobierno confiscaría las remesas que los residentes en EE.UU. envían a México.

Propuestas como aquellas –claramente inviables y peligrosas– son aceptadas sin pestañear por los seguidores de Trump. ¿Por qué? No es idiotez o ignorancia supina –aunque de seguro habrá alguno que otro votante despistado– sino una gran dosis de desdén y el deseo de muchos norteamericanos de ajustar cuentas con alguien o con algo.

Los votantes no valoran la calidad de sus propuestas sino la aparente disposición de Trump de convertirse en su matón de barrio. El supuesto coraje de este candidato habría sido demostrado en el lenguaje ofensivo y descalificador que utiliza en todas sus presentaciones públicas, algo que sus seguidores interpretan como el deseo de un valiente de decir las cosas sin florituras ni embelesos, cueste lo que cueste.

La división social y la radicalización política son, pues, dos legados inevitables del populismo. Los miembros del establecimiento republicano miran con preocupación la candidatura de Trump porque creen que, si gana él, su partido se desplomará irremediablemente por la violencia política que instiga el populismo.

Así que no será de extrañar que la nominación del ganador –que se hace a través de los delegados– se convierta en una verdadera guerra de maniobras con resultados imprevisibles.