14 de July de 2010 00:00

El ‘golpe’ frustrado

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Patricio Quevedo Terán

Sin pena ni gloria acaban de cumplirse 85 años de la Revolución Juliana, también llamada la revolución de los militares jóvenes. Pero tal olvido no es justo porque al fin y al cabo, entre muchas otras asonadas, debe reconocerse que la del 9 de julio de 1925 fue ciertamente una de las más originales y de efectos más duraderos, que se han registrado desde el segundo cuarto del siglo XX hasta la presente época .

De hecho hay quienes piensan que precisamente, la excesiva magnitud de los propósitos que movieron a los promotores del ‘golpe’ tuvo bastante culpa en la frustrante distancia que fue abriéndose entre los ‘ideales’, las pocas realizaciones tangibles y hasta los concretos intereses afectados.

Por ventura en el maravilloso acervo de la biblioteca de los jesuitas de Cotocollao – auténtica memoria viva del Ecuador y su cultura – se guardan las fuentes que permiten reconstruir la trayectoria de toda la preparación revolucionaria, desde esa sobremesa del 25 de octubre de 1924, cuando en el regimiento de artillería ‘Bolívar’ unos seis tenientes y dos alféreces empezaron a lamentarse por los males de la Patria y, casi insensiblemente, llegaron a la conclusión de que “había que hacer algo serio” para corregirlos.

Luego vinieron otras reuniones secretas hasta definir los 12 puntos del ambicioso programa: por ejemplo el segundo: ‘establecimiento de una absoluta economía que lleve a la nivelación del Presupuesto’, suprimiendo todo gasto innecesario; también el sexto: ‘implantación de leyes eficientes para el mejoramiento del obrero, fuerza viva del Estado’; lo mismo el séptimo: ‘Organización del Ejército de modo que responda a las aspiraciones y necesidades del país’. Igualmente el noveno: ‘Implantar leyes que tiendan a dignificar a la raza indígena’, y así por este orden todos los demás puntos del documento.

Desde el comienzo también se rechazó cualquier modalidad de caudillismo y, para ser fieles a esta actitud, probablemente se incurrió por parte de los revolucionarios en el más funesto error, y es que dentro del país de tan marcados individualismos, celos y emulaciones no se confió la dirección del Gobierno dictatorial a una sola persona, sino a Juntas integradas por vocales iguales: la primera de siete miembros y la posterior de cinco. Y sucedió lo que era previsible: nunca lograron armonizar un trabajo que fuera de verdad sistemático ni eficiente.

De esta suerte, un ‘golpe’ contra la bancocracia y el liberalismo económico, heredero del liberalismo político y prepotente, que había despertado tantas esperanzas, acabó malogrado durante los años treinta y se hundió en la peor anarquía.

Al menos estableció el Banco Central y dió paso a la reestructuración del aparato estatal y la intervención del gobierno en algunos aspectos de la economía ecuatoriana.

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