Gonzalo Ruiz

Desconcierto a cuatro manos

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Gobernar con la economía en contra, con expresiones de descontento en las calles y una mayoría parlamentaria insegura. Eso sí que es nuevo.

Luego de los discursos que condenaban el pasado de la partidocracia, a la inestabilidad política y la larga noche neoliberal, vinieron los tiempos de la Revolución Ciudadana, revolución de propaganda.

Varias elecciones ganadas, consultas populares -ni se diga- , vientos de cambio por doquier y contagio entusiasta por la utopía de una carta constitucional que iba a durar, aseguraban, al menos 300 años.

El Gobierno y sus partidarios siguen hablando del pasado como si ya no fuesen parte de él. En tres mandatos y ocho años el acumulado de aciertos y errores ya forma parte del inventario y es pesada carga.

La pedagogía de este año 2015 es extraña a la mecánica de la orden vertical, de las elecciones por aclamación, de las sabatinas con aplausos estimulados por el liderazgo cautivante y los sánduches sustanciosos.

El modelo de concentración de poder parecía que funcionaba para cambiar la justicia metiéndole la mano -a confesión de parte, relevo de prueba-, para cambiar las reglas de asignación de escaños parlamentarios y obtener más curules que la representación proporcional, para copar todas las vocalías del Consejo Electoral y elegir un Consejo de Participación Ciudadana de membrete que, para colmo, es renovado con simpatizantes del movimiento oficialista y sin ciudadanos independientes.

Al llegar las vacas flacas empiezan los problemas, se anuncian recortes en gastos de inversión (obra pública), recorte del presupuesto, recorte de las importaciones o encarecimiento, por la vía de salvaguardias y sobretasas, y nuevas deudas.

La economía no crecerá como se proyectaba y se empieza a sentir incomodidad en una fluidez que estimulaba el gasto suntuario y dinamizaba a la clase media.

Tras el impacto de la caída de los precios internacionales del petróleo no se calibró lo indispensable: aprender a gobernar en tiempos de crisis. Aunque se diga que lo peor ha pasado, no se supo medir que proyectos como los de herencias y plusvalías podían desatar la tormenta.

Antes ya las marchas sindicales y la pérdida, aún más prematura, de las bases de los sectores indígenas fracturaban el proyecto y condenaban a muerte el sueño de Yasuní.

El respiro que dio la visita del Papa ya agotó el balón de oxígeno.
La resolución legislativa de querer buscar fantasmas conspirativos y acusar a la derecha no funciona, a tal punto que ni sus propios fieles le apoyaron a ciegas, como ocurría antes, y se vieron forzados a cambiar el texto hacia un documento que, vaya graciosa concesión, garantiza la libertad de protesta. Temas que por obvios desnudan el momento de incertidumbre de una partitura oficial que no alcanza a interpretar una voz desafinada y ronca de tanto gritar ni el confuso desconcierto de cuatro manos, que solo estropean las teclas de un piano que ya es reliquia, de tanto aporrearlo.