Enrique Ossorio

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Es muy difícil que un proyecto político tenga la aceptación de todos. Cuando se lleva adelante una gestión de Gobierno, necesariamente se debe buscar el equilibrio entre sectores en pugna que defienden sus intereses.

La administración gubernamental actual, por ejemplo, tuvo desde el primer día entre sus prioridades a las poblaciones más vulnerables, lo que inicialmente podría leerse como perjudicial para los sectores más acomodados de la comunidad.

Sin embargo, Ecuador presenta un curioso caso que parece desafiar la máxima, al menos en parte. Durante la Revolución Ciudadana, al igual que a los sectores populares, las empresas también obtuvieron mejoras.

Según Rafael Correa, el período en el que le tocó gobernar significó para el sector privado un promedio de ganancias que triplica las cifras previas a sus mandatos.

De hecho, para fundamentar su premisa, el Presidente hizo referencia a un titular publicado por éste mismo diario en el que se aseguraba que las utilidades de las firmas habían caído en un 22% el año pasado.

Pero aun así, es de destacar que la utilidad promedio durante el correismo fue de casi USD 9 500 millones, mientras que el promedio de 2 005 alcanzó solo los USD 3 062 millones.

Vale realizar algunas reflexiones en relación a los datos en cuestión que nos sirven para pensar los planes para el Ecuador del futuro –gane quien gane- de cara al próximo proceso electoral. En primer lugar, las cifras demuestran que es posible compatibilizar los intereses de la población con el de las grandes empresas. Es posible, con un Estado activo en la articulación de intereses, que las ganancias del sector privado coexistan con la mejora de la calidad de vida del conjunto de los ecuatorianos. La clave es que desde la política pública se haga posible una distribución equitativa de los recursos.

Darles a todos todo es imposible, pero la práctica política responsable puede alcanzar los consensos para que el país se desarrolle a través del crecimiento de todos los sectores sociales. No es un objetivo irrealizable, sino que es símbolo de una economía dinamizada y razonable, que aprovecha su potencial en beneficio de las mayorías, como la que viene exhibiendo Ecuador desde 2007.

En tiempos en donde vemos la presencia de discursos que pretenden el retorno a una época neoliberal en la que las empresas eran de las pocas beneficiarias, hechos de este tipo permiten echar luz sobre los caminos que se abren y las distintas posibilidades que entraña gobernar, rompiendo con un modo hegemónico de concebir la economía.
Y también, permite repensar que contrariamente al imaginario que predomina alrededor de los gobiernos progresistas de América Latina, no hubo intenciones de disminuir la participación de las empresas en la economía (inclusive los medios de comunicación que son empresas también) sino más bien, redistribuirla con mayor justicia para que las ganancias no queden en unas pocas manos.