Milton Luna

No a la guerra psicológica

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La guerra sucia tiene entre uno de sus recursos la guerra psicológica, la que ha sido usada en toda la historia de la humanidad. Al enemigo no solo se le mata con balas, sino que se lo neutraliza extinguiendo su espíritu. La guerra psicológica en la política busca minar al oponente o al crítico, vaciarle por dentro, amedrentarlo, sacarlo de escena por “propia” voluntad.

¿Quién tiene la capacidad de soportar las “balas psicológicas”? Muy pocos… y estos, con no poca entereza y sufrimiento, son una suerte de héroes o mártires de su causa; sin ellos o ellas, no habría los cambios profundos… por lo que pasan a la historia. Las que no pasan, por lo general, son las lágrimas de sus familiares.

Un o una dirigente, periodista o intelectual de la disidencia puede aguantar hasta cierto punto las presiones contra su persona, pero si se meten con su familia, con sus hijos e hijas, la cosa cambia. Si recibe amenazas de muerte contra alguno de sus familiares, se pasa a otro nivel… ¿Qué derecho tengo de arriesgar la vida y tranquilidad de mi familia? Se preguntará el personaje acosado. Entonces, en este momento, la decisión debe tomarse: continuar o no luchando, en medio de una guerra sucia, cuyo repugnante contenido embarra a todo el entorno. Por esto mucha gente valiosa cierra sus páginas, sus plumas, su voz y se despide temporalmente del escenario, con humillación e ira contenida. ¿Comprensible su actitud? Por supuesto. ¿Cobardía?

No… Al contrario… valentía y sobre todo responsabilidad.
El problema para una sociedad que vive este tipo de política es que talentos valiosos prefieren aislarse, y el miedo no solo se apodera del personaje perseguido, sino que a través suyo se extiende a toda la población. Entonces, la autocensura despolitiza más la sociedad, dejando el camino libre a los inescrupulosos que se frotan las manos y hacen de las suyas.

Pero ese es el inicio de un problema mayor. Se sientan las bases para el desarrollo de otras reglas del juego. Desaparece la política, la democracia, como intercambio tenso pero civilizado de ideas y visiones, para instalarse la violencia. ¿Quién garantiza que alguna persona acosada al extremo pierda los límites, y en vez de callarse, reaccione contra el acosador de la misma o peor manera? Así de la guerra psicológica se pasaría a la lucha armada. Se impondría la voluntad del más fuerte: darwinismo social y político, totalitarismo o fascismo.

A pesar de todo, como país, todavía estamos a tiempo. Veámonos en el espejo de Venezuela que se desbarranca o de Argentina que, en estos días, construyó un blindaje moral y democrático, con la presencia de cientos de miles en las calles, en una marcha del silencio, diciéndole basta a la impunidad, a la corrupción y a la concentración de poder. Por lo pronto, no a la guerra psicológica.