Óscar Vela Descalzo

Gobernantes criminales

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La historia de la humanidad está plagada de nombres de gobernantes cuya sola mención provoca repugnancia, temor u odio. Estos siniestros personajes dejaron a su paso una larga estela de sangre, desolación, muerte y miseria como resultado de gobiernos normalmente tiránicos, pero con tendencias ideológicas tan diversas como las personalidades que los caracterizaron.

En algunos casos, la reverencia por estos criminales sigue tan enraizada que se honra con sus nombres a los propios hijos, o se les rinde pleitesía de las formas más vergonzosas, como si se tratara de verdaderas divinidades. En muchos casos, por desgracia, lo hacen a sabiendas de los antecedentes macabros del personaje, y, en otros, como resultado de la ignorancia más atrevida, o de la obsecuencia ideológica, que es una de las más perversas formas del embrutecimiento humano; o de la simpleza cerril con la que se suele actuar en masa.

Escucho y veo a diario manifestaciones de todo tipo ensalzando y venerando a los gobernantes criminales de sus preferencias, en algunos casos ya desaparecidos hace décadas, pero que siguen siendo ungidos de cierta forma por el tamiz del tiempo; y, en otros, elevando a los altares a los que se mantienen vigentes o vivos, o que todavía ostentan el poder o al menos se sirven del que acumularon en el pasado. O con los que hoy se sienten impunes porque se refugian entre sus fronteras o entre las de sus cómplices y defensores.

Bien sea por ignorancia, sumisión o idiotez, o bien por cínicos o veleidosos, la adoración y defensa de criminales que usaron y abusaron del poder se convertirá en una suerte de rito obsceno de nulas o inofensivas consecuencias si es que se origina en una o más personas particulares, sin más afán que el de expresar libremente sus gustos, disgustos y opiniones; pero, si se trata de un personaje público o político, o peor aún de un gobernante o representante de una nación, sus opiniones afectarán irremediablemente a ese Estado.

En la historia hay varios ejemplos patéticos y escandalosos sobre posturas en favor de ciertos personajes que terminaron siendo descubiertos en sus fechorías, o atrapados en el modo y a la usanza que ellos mismos habían propiciado, y entonces aquellos obsecuentes seguidores, coidearios o compañeros, no tuvieron más remedio que retractarse y recular, o desmentir y contradecirse, o incluso convertirse de pronto en perseguidores de los criminales y sus crímenes, al menos en apariencia.

La autodeterminación de los pueblos, que hoy resulta una excusa pobre y deleznable, no podrá ser alegada en el futuro como atenuante o eximente cuando los gobernantes criminales y sus acólitos sean juzgados por sus acciones y omisiones. Y si su destino no está en una celda que los vea pudrirse, de todos modos siempre habrá alguien en nombre de los muertos, torturados, desaparecidos, hambrientos o desplazados, que les recordará sus vilezas hasta el final de los días.

ovela@elcomercio.org