1 de August de 2010 00:00

Gloria pírrica

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Juan Cuvi

La década del 90 fue pródiga en debates ciudadanos sobre la ineficacia de las políticas públicas. La devastación neoliberal obligó a pensar, sobre todo a los sectores progresistas y de izquierda, en la necesidad de un modelo que recuperara la institucionalidad como base para los cambios de largo alcance. En una sociedad con una institucionalidad tan frágil como la nuestra, el libre albedrío proclamado por el liberalismo impuso un funcionamiento arbitrario y discrecional de la administración pública.

Dos conclusiones fueron reiterativas en la interminable lista de talleres, encuentros y seminarios que se organizaron durante esos años: la falta de continuidad de las políticas públicas y la ausencia de consensos. Ambos factores impedían la construcción de un proyecto nacional medianamente viable. Cada gobierno y cada ministro se sentían con autoridad para rediseñar a su antojo las políticas de Estado, en un ejercicio de borra y va de nuevo que anulaba toda posibilidad de planificación. Esta situación era especialmente grave en ámbitos fundamentales para el desarrollo del país: salud, educación, recursos estratégicos, política internacional.

Como respuesta a la crónica conflictividad interna del país, mencionada como el mayor obstáculo para los consensos, se actualizaron antiguos conceptos como el de contrato social, visto como la necesidad de un pacto básico de convivencia, a partir de la aplicación de políticas de Estado que trascendieran la alternancia gubernamental. Muchos de los cuadros del Movimiento País, así como altos funcionarios del actual gobierno, participaron activamente de ese proceso, en calidad de miembros de ONG, universidades, foros ciudadanos, organismos internacionales y organizaciones sociales.

Por ello resulta incomprensible la forma en que el oficialismo está tramitando ciertas leyes, que deberían ser los pilares de esas políticas de Estado. ¿Creen que una ley de hidrocarburos pasada de agache en la Asamblea sea perdurable? ¿Tiene sentido una victoria coyuntural llena de suspicacias si, en contraste, sacrifica el debate de una ley que debería contar con el mayor apoyo posible a nivel nacional?

Pírrico es el calificativo que mejor se aviene con el ‘triunfo histórico’ ampulosamente proclamado por el presidente de la Asamblea, a propósito de la aprobación de la ley de hidrocarburos. Pírrico, porque los costos son demasiado elevados: se ahonda gravemente la credibilidad y la crisis de imagen de la Asamblea, y la bancada del Movimiento País termina por hipotecar su calidad de representación popular. ¿Qué sentirán los asambleístas de izquierda que aún quedan en ese bloque al ver que su nuevo vocero es el Secretario Jurídico de la Presidencia?

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