Monseñor Julio Parrilla

¿Hacia un futuro poshumano?

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Doy gracias a Dios por vivir en una época de cambios y de desarrollo. Un tiempo que no es fácil, pero que reclama con fuerza un compromiso mayor con la humanidad. Y, aunque no es oro todo lo que reluce, hay que reconocer que las conquistas de la ciencia y de la medicina han contribuido al mejoramiento de la vida humana. Y, sin embargo, nos toca ser testigos de no pocas contradicciones, de no pocos interrogantes políticos y éticos que dejan en evidencia nuestras falencias morales.

La cultura dominante propone a veces una falsa compasión: considera que es una ayuda a la mujer favorecer el aborto, un acto de dignidad procurar la eutanasia, una conquista científica “producir” un hijo, considerado como un derecho, en vez de acogerlo como un don, o usar vidas humanas como conejillos de Indias para salvar presumiblemente otras,… Experimentar con la vida, jugar con ella, nos ubica en las antípodas de un humanismo liberador.

En muchos ambientes llamados progresistas surge una nueva ideología: el transhumanismo. Vamos, el paraíso en la Tierra. La especie humana no solo no representa el final de la evolución, sino que es una fase muy temprana de la misma. Se elimina el envejecimiento y se potencian las capacidades cognitivas, físicas y psicológicas… Los transhumanistas defienden la capacidad de tomar decisiones sobre la propia vida y sobre el propio cuerpo: cada uno es dueño de su vida. Y la gran meta es la creación de un poshumano con unas capacidades muy superiores a las actuales en total alianza con la tecnología. Lo grave es que esta gente no solo hace filosofía, sino que trata de influir decisivamente en los gobiernos y en la ciudadanía, en las redes sociales y en los medios de comunicación.

¿Por qué vivir más años? ¿No forma la muerte parte del orden natural de las cosas? Los transhumanistas quieren vivir más tiempo porque quieren hacer más cosas, aprender más y tener más experiencias; quieren tener más diversión y pasar más tiempo con las personas amadas, quieren ver por sí mismos las maravillas que el futuro traerá a la Tierra…

Ante la posibilidad de que se altere la naturaleza humana se han levantado no pocas voces. Frente a una mentalidad manipuladora y biotécnica, capaz de convertir al ser humano en objeto y mercancía, hay que volver permanentemente a la ética y asumir el desafío político que consienta al hombre seguir siendo humano. En el límite es donde encuentra el hombre su propia identidad y grandeza. Por el amor, la justicia y la libertad, todavía hay personas dispuestas a vivir y a morir.

No niego el valor de la utopía pero siento la necesidad de cuestionar todo aquello que nos aleja del hombre, de su naturaleza humana, de su condición vulnerable. Me horroriza un mundo feliz de gente supersana, supercontrolada y desarrollada, pero que ha olvidado el significado de la esperanza.