José Ayala Lasso

¡Fuera Correa, fuera!

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Espontáneo y de una elocuencia que solo unos pocos pretendieron desconocer, el grito del pueblo cansado de prepotencias, recorrió a mediados del 2015, como un alud, todos los ámbitos de la geografía política del Ecuador.

¡Golpistas! fue la acusación con que el poder enfrentó al pueblo descontento, al señalar, como pruebas del supuesto delito, un plan para tomar aeropuertos y puentes de frontera, capturar la Asamblea y asediar a Carondelet. Miel sobre hojuelas, una asambleísta indignada encontró al alcohol y a las drogas como motores de las protestas. Copia al carbón de quien idénticos alcohol y drogas dictaminara en la conducta de un inocente cantautor aquejado por una enfermedad crónica.

¡Fuera Correa! no fue una incitación a desestabilizar el orden jurídico. Fue la expresión de la voluntad popular de que Correa termine su mandato en mayo de 2017, no antes, pero tampoco después. Para ello, el pueblo exigió al Gobierno que se sujete al sistema previsto en la Constitución y condenó los amaños leguleyescos que sumisos servidores usaron para aprobar lo que la mayoría de ecuatorianos rechazaba. Al desobedecer a la Constitución terminó imponiéndose, con vaselina parlamentaria, un golpe de estado blando. ¿Blando, he dicho? ¡No! ¡Duro, durísimo!, que a la gravedad de soslayar el orden constitucional añadió el sofisma de aducir que la Asamblea representaba al pueblo cuya voluntad estaba contrariando. Si las leyes no deben estar motivadas por intereses personales, menos lo debe estar la Carta Magna.

El Ecuador aspira que Correa dedique su incansable actividad a buscar el bien de todo el país. Que en lugar de sus odiosas sabatinas, símbolos de arbitrariedad e irrespeto a la dignidad ajena, siga iniciando obras y terminándolas. El pueblo no desea saber el menú de sus desayunos o si en su cocina prevalecen el locro o el caldo de manguera. Lo que Correa haga en su vida privada apenas interesa al país en cuanto sirve para descorrer el velo que difumina una personalidad múltiple y contradictoria.

¡Fuera, Correa! fue la expresión del anhelo popular de que Correa, expurgando sus demonios mediante una inclemente y honesta introspección, dé paso a los probables ángeles que seguramente yacen en incómoda convivencia con tales espíritus en lo íntimo de su conciencia.

El Ecuador no quiere venganzas ni divisiones ni luchas clasistas, sino una auténtica renovación social que favorezca especialmente a los más necesitados. El Ecuador quiere un Correa que escuche a todos y no solo a los que él resuelve que actúan de “buena fe”.

Ese Correa, distinto y renovado debe completar su mandato. Así parece confirmarlo el pueblo que, en un rito de catarsis colectiva, purificó con el fuego del fin del año al muñeco presidencial, con la esperanza de afrontar con éxito los retos del Año Nuevo.

jayala@elcomercio.org