Jorge León

De la frustración al terror

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La preparación de nuevos terroristas, no para mañana ni para pasado mañana, sino para largo plazo, son los efectos previsibles de la respuesta francesa y de Occidente a los atentados de París. El ‘grito de guerra’ de Francia es una represalia, castigo, venganza y atenuar las amenazas de un enemigo que, sin embargo, se forja y crece a la sombra de estas guerras de Occidente contra el mundo ‘árabo-islámico’.

Se entiende la urgencia de Hollande de responder a la inseguridad identificándose con la indignación y el dolor causado por víctimas inocentes; de dar señales de fuerza, contrarrestar le miedo, vencer el sentimiento de estar invadidos que la extrema derecha alimenta y de querer frenar a las derechas en vísperas de elecciones. Pero se pliega a las ideas de inseguridad de estas que no ven problemas sociales.

Estas guerras crean condiciones para que se formen terroristas, con miles de inocentes afectados, desgracias materiales para todos y alimentan la frustración del mundo arabo-islámico, que está en la base de las confrontaciones con Occidente. Es el inverso de crear condiciones de paz. Es una victoria a la Pirrus, victoria de hoy, derrota de mañana.

De la invasión de Afganistán (URSS y luego EE.UU.) y de las dos guerras del Golfo (EE.UU.) emergen los combatientes islámicos y ahora Dah’ish (EI), que aterrorizan a sus gobiernos y pueblos y luego a Occidente. Esas guerras dejaron frustración, indignación y rabia que pasarían del rechazo a la confrontación enconada y al fin a la belicosidad abierta. También reforzaron a la religión como refugio de los frustrados y ofendidos.

En Kirguistán (2002), un campesino me decía que el gobierno, ya no comunista, era un desastre. Él, creyente, proponía el regreso del comunismo, que fue educación, trabajo, futuro (desarrollo); un comunismo con islam. La religión era un refugio a la frustración del poder y del no-desarrollo. Después, un mulá, un sacerdote, ensalzaba la progresión impresionante de la formación de mulás en Arabia Saudita, con el islam más conservador (wahabita), que no separa Iglesia de Estado. Los mulás formados en dos años iban a las escuelas musulmanas que no daban abasto, ante el servicio estatal deficitario.

Además, en el mundo arabo-islámico, la pérdida del lustre de su cultura, la ausencia de una nueva cultura árabe floreciente y de desarrollo socioeconómico alimentan una frustración centenaria profunda. Sigue en la memoria que hasta el siglo XIII, fue árabe lo que entonces era ciencia, conocimiento y urbanismo.

También, las esperanzadoras “primaveras árabes” no crearon un mundo alternativo sino frustración, un “no-desarrollo”. El mundo arabo-islámico así requiere de un gran plan internacional para lograr más “desarrollo”, uno con vía propia; no una reconquista de Occidente por desarrollo interpuesto. Eso urge antes que el petróleo deje de ser el maná de la región.