Francisco Carrión Mena

La ilegitimidad de Davos

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Fue necesario subir a un pequeño y casi inaccesible pueblo en los Alpes suizos a fin de que las élites más poderosas del planeta se reúnan, sin ser interrumpidas, para discutir los problemas mundiales. Este ritual, que ya se lleva a cabo por décimo primera ocasión, congrega a jefes de Estado, ministros, directores de organizaciones financieras internacionales, responsables de las transnacionales más poderosas y uno que otro representante de la academia y la cultura que ofrezca garantías de no ser incómodo.

Hace más de 40 años a un ciudadano suizo se le ocurrió reunir a fines de enero de cada año a influyentes empresarios europeos. La idea caló positivamente entre los participantes, que se vieron beneficiados en sus negocios por la concertación de políticas empresariales. Con el transcurrir del tiempo y dado su éxito, la iniciativa se fue ampliando en asistentes y el ámbito geográfico. Se incluyeron a dirigentes políticos y adquirió dimensiones globales. Así, el evento pasó a llamarse Foro Económico Mundial de Davos, nombre de esta localidad, de 10 000 habitantes y que durante las reuniones recibe a más de 1 000 asistentes y 3 000 militares y policías para protegerlos…

Para acceder en este exclusivo club se requiere invitación formal precedida de un análisis exhaustivo por parte de un comité de selección del personaje o de la empresa que comulgue con el liberalismo económico, y el pago de una considerable cuota de ingreso. Es más, la empresa interesada en ser parte del Foro debe facturar un mínimo de ¡5 000 millones de dólares!

Las críticas a Davos no han faltado y creo que con razón. Las principales causas: la falta de transparencia y, sobre todo, de legitimidad. En estos encuentros no solamente se discute sobre los principales temas de la agenda internacional sino que, en reuniones informales y reservadas, se llegan a acuerdos para beneficio de las grandes transnacionales a través de contactos privilegiados con responsables políticos influyentes. Nadie rinde cuentas y el origen de la organización es privado. Los acuerdos que tras bambalinas se adopten no se hacen públicos.

Iniciativas como esta, que tanto interés genera entre los defensores del capitalismo liberal deshumanizado, deterioran legítimas instituciones gubernamentales, como aquellas del sistema ONU, que son las verdaderamente llamadas a resolver de manera abierta democrática y participativa los temas que se abordan en Davos: la economía mundial, el cambio climático, la pobreza, entre otros.

Del 20 al 23 de enero en curso se realizó el último encuentro. Mucho de lo ahí resuelto impactará en nuestras vidas, poco sabremos de lo ahí acordado, salvo que beneficiará a las grandes transnacionales y a las grandes potencias. No es legítimo ni democrático.