18 de March de 2011 00:00

Florecerán los cerezos

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Cuando miraba por la ventana del Hotel New Otani en un empinado edificio de Tokio en septiembre pasado, pasaban por mi cabeza muchas cosas.

La conciencia de estar en una tierra sacudida en múltiples ocasiones por los sismos causa algo de desazón. Pero a la vez sabía que un pueblo como el japonés es el más preparado para afrontar los designios de la naturaleza y a la vez el mejor adiestrado para reaccionar ante los cataclismos.

La noticia de un terremoto o un tsunami siempre nos paraliza de pánico. Conocer la magnitud de lo ocurrido en Japón la semana pasada conmueve especialmente si se ha llegado a admirar a su pueblo, a su cultura, a su sabiduría milenaria y a las virtudes de la paciencia y la organización que acompañan a los hijos de la tierra del sol naciente.

Forjados en el duro aprendizaje de la lucha contra la naturaleza. templados como el acero de las espadas de sus antiguos samuráis, la gente de Japón goza de un bien ganado sitial como civilización ejemplar. Sus antiguas creencias religiosas donde conviven sintoístas y budistas y en algunos casos una suerte de sincretismo de estas visiones sobrenaturales han llevado a formar una personalidad donde el respeto es actitud cotidiana.

Cuando tres eventos sucesivos concatenados pero distintos han sobrevenido, ese temple, talante y organización del pueblo vuelven a dar muestra de una civilización que mueve al respeto de la humanidad.

Solamente podemos imaginar el tamaño del impacto y las consecuencias sociales que una tragedia de semejante magnitud tendría por estos lares para acrecentar la admiración que inspira el pueblo japonés.

Aquejada por un sismo devastador en el siglo XIX y tras el terremoto de 1923 la sociedad nipona se impuso los mayores rigores en las técnicas constructivas para hacer de las estructuras sismorresistentes una misión prioritaria Desde la universidad se exploraron los procesos, se extremaron normas y rigores y los efectos positivos los podemos ver en la cifra de víctimas mortales. Es considerablemente menor a la que se podía esperar de un terremoto de grado 9.

Tras el sismo, llegó el tsunami destructor, y ahora el tremendo riesgo nuclear que tiene en vilo a la humanidad entera tras los accidentes de Harrisburg (EE.UU.- 1979) y Chernóbil (ex URSS- 1986) acongojan al Japón.

Hoy, pensamos en su historia, recordamos con profunda emoción la belleza de sus templos, la devoción de sus fieles, los paisajes naturales y los adelantos tecnológicos. Envidiamos su tráfico ordenado y su convivencia social armoniosa. Evocamos los sabores de sus comidas, exóticas para nosotros, pero de especial sabor, el remanso de la ceremonia del té y las lecturas de Kawabata o Mishima. En esta hora dura sabemos que todo es cíclico. Pronto florecerán, con la primavera, los primeros cerezos.

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