Óscar Vela

La flor del Ecuador en riesgo

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26 de October de 2013 00:02

Muchos ecuatorianos no lo saben, pero la flor del Ecuador, en especial la rosa, es reconocida en todo el mundo como la más bella y de mejor calidad. El hecho de tener al alcance la mano, en casi todas las esquinas y mercados de nuestras ciudades, esos ejemplares magníficos de tonalidades increíbles, ha creado la ilusión de que aquellas flores siempre estuvieron aquí, pero eso no es cierto. Antes de 1998, año en que se expidió la Ley de Propiedad Intelectual y se incluyó allí la protección a las obtenciones vegetales, la industria florícola era incipiente. Había flores, por supuesto, pero no teníamos ni la calidad ni la oferta de variedades que hoy existen. Al igual que en otros países con condiciones climáticas similares (Colombia, México, Kenia o Etiopía), bastó tener un marco legal apropiado para que los obtentores, especialmente europeos con muchos años de experiencia a cuestas, llegaran al Ecuador a desarrollar aquí, en nuestra tierra, sus variedades.

Así, desde finales del siglo XX, el Ecuador se convirtió en el país predilecto para la experimentación y selección de flores, sobre todo de rosas, para ser exhibidas en los mercados y eventos más importantes del mundo.

En ese marco legal, con normas claras y una sólida protección a los derechos de propiedad intelectual, en pocos años conseguimos posesionar a la flor del Ecuador como la más apetecida del mundo, fenómeno solo comparable, y con distancias, al del cacao, los camarones, los sombreros de paja o el banano.

La fortaleza de la floricultura ecuatoriana en la actualidad está en su calidad y en la oferta amplia de novedades. Hoy el promedio de variedades de rosa por finca en el Ecuador es de cincuenta y siete. De allí la maravillosa gama de colores, texturas y formas que encontramos desde hace quince años, tanto localmente, como en el exterior.

Sin embargo, en los últimos años la protección a los titulares de derechos nacionales y extranjeros sobre variedades vegetales ha caído prácticamente a cero, y la última decisión del Directorio del Instituto Ecuatoriano de Propiedad Intelectual, IEPI, de incrementar sustancialmente las tasas de registro y mantenimiento de variedades en el país, ha disparado las alarmas del sector. Este incremento desmesurado sobre el valor que se pagaba anteriormente (y sobre el valor que se paga en los países competidores del Ecuador), ha frenado dramáticamente el registro y la introducción de nuevas variedades al país. La medida, sin duda, resultará fatal para la competitividad de los floricultores ecuatorianos en el exterior. Y, quizá, en poco tiempo ya no se hablará en el mundo de la flor ecuatoriana, sino de la africana o la colombiana a las que nosotros mismos les cedimos nuestro espacio. Solo entonces nos habremos dado cuenta del error que cometimos, aunque para esto, como siempre, será ya demasiado tarde.