Rodrigo Fierro

¿Final de una farsa histórica?

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20 de September de 2012 00:04

Una farsa, por ello debió ser un farsante al que se le ocurrió el cuento que nuestro país era una isla de paz. Resultó ser una ‘égloga trágica’ denunciada a oídos sordos por propios y extraños como el Dr. Eugenio Espejo y Jorge Juan y Antonio Ulloa, marinos españoles ilustrados, estos últimos, que vinieron con la Primera Misión Geodésica Francesa.

El cuento de nunca acabar ha concluido, en estos nuestros días, en los días que corren. No son nihilistas, no tienen conciencia de serlo, los autores de los centenares de incendios que van destruyendo los bosques y páramos, dejando como secuela la tierra calcinada, la Pacha Mama de la que se vive. Incluso han sido blancos de sentimientos que no llegan a la conciencia de los incendiarios verdaderas joyas, las que nos quedan, como los bosques primarios de Pasochoa y El Ángel. ¿Lo harán a conciencia? Yo lo pongo en duda. La reacción es primaria. Una suerte de rencor profundo que no llega a la conciencia. No se han quemado tan solo los bosques y los pajonales de las haciendas. Para uno de los pobres campesinos afectados, los hechores son asesinos, tal el calificativo utilizado. Como que en ellos se da la decisión de que la isla de paz se convierta en cenizas.

Quemar pajonales y bosques, en el campo. La misma actitud, creo yo, de quienes ensucian, manchan y estropean las paredes especialmente de las casas de Quito. Por donde uno vaya, ‘grafitis’ misteriosos con mensajes, eso se piensa, que no llegan a nadie, y que lo único que logran es ensuciar y joder. Atracción insuperable para esos canallitas una casa, un puente, un muro, un poste, recién pintados. De la tierra calcinada a la ciudad sucia, productos de los mismos sentimientos, digo yo.

Crímenes pasionales o por linderos, los hemos tenido siempre. Sicarios de profesión, es una novedad entre nosotros. Matar a sangre fría, a un desconocido, a mi juicio tiene una cierta relación con incendiarios y grafiteros. Son los representantes de la descomposición a la que ha llegado la sociedad ecuatoriana: esa sociedad, la nuestra, que durante siglos fue el resultado de la convivencia entre vencedores y vencidos en el que el peso de la ley era tan solo para los débiles. Los poderosos intocables. Ni qué decir tiene que cuando a la justicia la politizaron los oligarcas y bárbaros para liquidar a oponentes también oligarcas y bárbaros, sobrevino el caos y la indefensión en la que vivimos.

Qué de extraordinario resulta que las mafias de narcotraficantes hayan visto en nuestro país el lugar ideal para que allí converjan todos. La justicia ecuatoriana obra tales portentos como no se han visto y oído en otros países.

Lo dicho me lleva a lo único que se me ocurre: o nos movilizamos con el fin de lograr el imperio de la Ley y la justicia, o caso contrario estamos perdidos.