Gonzalo Arias

El final de una época

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Los ecuatorianos acudieron masivamente a las urnas para pronunciarse en el referéndum y la consulta popular que contemplaba preguntas centrales en relación con el diseño institucional de la democracia.

La contundencia del resultado a favor del “Sí” da cuentas de un férreo compromiso de la inmensa mayoría de los ecuatorianos con una concepción de la democracia basada en la transparencia, el control y la responsabilidad de los funcionarios, la división de poderes, y la alternancia en el poder.
En otras palabras, los ecuatorianos dejaron muy en claro que están contra el autoritarismo, los personalismos, y la corrupción.

La clave de la votación era, sin lugar a dudas, la eliminación de la reelección indefinida introducida en 2015 y que hubiera permitido a Rafael Correa, que gobernó durante una década, volver a aspirar a un nuevo mandato presidencial.

Por ello, puede decirse que el domingo asistimos al final de una época. La que se inscribió en una larga saga de gobiernos de la región que llegaron al poder planteando profundas transformaciones –en la gran mayoría enarbolando banderas de izquierda-, pero que terminaron sucumbiendo ante la tentación del poder como un fin en sí mismo.

Una concepción del poder que tuvo como corolario casi inexorable la corrupción a gran escala. Casi sin excepciones.

Desde las denuncias de nepotismo a la presidenta de Chile, Michelle Bachelet, pasando por el caso del exsacerdote y presidente Fernando Lugo en Paraguay, las diversas causas judiciales por las que atraviesa Cristina Fernández de Kirchner en Argentina y la “renuncia” del vicepresidente uruguayo Raúl Sendic, hasta las revelaciones del caso conocido como Lava Jato y el escándalo de las coimas de la empresa brasileña Odebrecht, la destitución de Dilma Rousseff y los procesos contra Luis Inácio Lula, Da Silva y la intolerable situación en la Venezuela gobernada por Nicolás Maduro.

Ecuador, con un vicepresidente por entonces en ejercicio y varios exministros encarcelados -, se ha convertido en un ejemplo paradigmático de estas perversas prácticas políticas que, en la figura del ex primer mandatario, configuraron una verdadera “enfermedad del poder”.

En la mitología griega, esta enfermedad del poder, conocida como “hibris”, se paga, y los personajes que se creen inmortales terminan siendo víctimas de su propia soberbia, castigo que los griegos llaman némesis.

Así como Aquiles, muerto en manos de Paris, e Ícaro con sus alas derretidas por el sol, los megalómanos modernos como Correa, presos del culto a su propia personalidad, también tienen su némesis y son castigados no sólo en las urnas sino, inexorablemente, por el juicio de la historia.

garias@elcomercio.oeg