Óscar Vela Descalzo

Al final del cuento…

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Al final del cuento el jaguar de la región fue tan solo un avezado gatito de garras minúsculas cuya fragilidad quedó al descubierto cuando se le acabaron las reservas de víveres del callejón en el que se había apostado.

Y le tocó salir entonces a la gran avenida, flaco y desorientado, chuchaqui y medio ciego por largas noches de farras, y derroches, para buscar en los basureros las sobras que pudieran saciarlo; o mendigar a regañadientes, cabizbajo, alguna limosna a los transeúntes que antes rodeaban el callejón por temor al jaguar que supuestamente vivía allí, y que ahora pasaban de largo ante la imagen desvalida, patética y desaliñada de aquel pequeño minino.


Al final del cuento tampoco se produjo el milagro que venían anunciando los profetas entre aullidos y jaranas. El presunto prodigio resultó ser apenas un espejismo dorado, falsamente brillante; la holográfica promesa de un tesoro incalculable que aguardaba por los ávidos exploradores de la jungla que se habían dejado la vida en aquella aventura.

Y cuando aquellos expedicionarios alcanzaron el lugar marcado con la X, encontraron los cofres del tesoro abiertos y vacíos, y solo en ese instante comprendieron que la inmensa riqueza había desaparecido, pero que les quedaba como consuelo la portentosa carretera que les había llevado con cierta comodidad hasta ese recóndito lugar de la selva.


Al final del cuento la Suiza de Latinoamérica no fue tal. Tiempo atrás había sido bautizada así por sus paisajes montañosos, por la gama de colores verdes de sus praderas y por las imponentes cumbres blancas de su cordillera. También había recibido tal apelativo por su maravilloso y aromático chocolate, pero sobre todo se ganó su mote por los precios exorbitantes del costo de la vida, comparable a los de Zúrich o Ginebra, a mucho orgullo…

Pero resultó que, en el fondo, la tal Suiza no había sido una isla de paz como todos imaginaban, porque estaba repleta de unos seres de carácter furibundo que se la pasaban gritándose los unos a los otros, acusándose los otros a los unos, silenciándose entre pocos y muchos, atacándose entre los de antes y los de hoy por lo que iba a suceder mañana, hasta que alguno vino, vio y dijo: “esto no es lo que todos necesitamos”. Y se largó…


Al final, aquellos que nos habíamos convencido de que esta vez sí íbamos a cambiar, de que ahora sí nos íbamos a subir en el andarivel del progreso y la equidad, de que en esta ocasión sí levantaríamos vuelo y nos convertiríamos en el jaguar, en el milagro, en la isla de paz, en todo lo que ustedes (el resto del mundo) necesitan, llegamos a las últimas páginas salpicados de saliva e insultos; atrapados en una vorágine de venganzas, ataques, contraataques, despilfarros, señalamientos, burlas, vergüenzas; asaltados nuevamente por aquella sensación angustiosa de que continuamos sin rumbo, y de que los contadores de historias, a pura lengua, una vez más, habían logrado dormirnos con sus cuentos.