Marco Arauz

Castro murió. Cuba vive.

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Todos tenemos algo que decir sobre la muerte de Fidel Castro. Desde que su nombre empezó a sonar en América Latina y el mundo a finales de los cincuenta, varias generaciones nos hemos formado alguna idea -generalmente radical- sobre este fenómeno de la política continental de cuya muerte nos enteramos este viernes, aunque su proyecto y su ideal murieron hace años.

Todos quisiéramos escribir algo en su lápida. Ya lo hizo el recién elegido Donald Trump. Lo hizo el presidente saliente, Rafael Correa. Los cubanos disidentes en Miami hicieron oír a gritos su alborozo. Desde la misma Cuba se oyó la voz de quienes, como la periodista Yoani Sánchez, ya tienen la certeza de ser sobrevivientes a un sistema represivo.Fidel Castro ha muerto.

Acumuló todo el poder que puede acumular un ser humano para dirigir las vidas de otros seres humanos. En nombre de su libertad y de su felicidad, les quitó la libertad y la felicidad. Y les quitó la iniciativa, como sucede con todos quienes se erigen en los elegidos y además controlan las cuerdas del poder para mantenerse vigentes.

Después de tomar el poder en contra de una dictadura opresiva en 1959, supo jugar muy bien el ajedrez de la Guerra Fría y convirtió a su isla en un enclave del pensamiento comunista, ayudado por un bloqueo absurdo desde Estados Unidos. Cuando cayó el Muro de Berlín, las debilidades de su proyecto se hicieron notorias al perder el subsidio de la ex URSS. Una economía destrozada hizo aún más difícil la vida de los cubanos.

Pero fue lo suficientemente sagaz como para sostenerse pese a la crisis económica y moral que abatía a sus gobernados en los noventa: además de no poder moverse ni pensar libremente, debían vivir con salarios de miseria en nombre de la Revolución, mientras otros recibían dólares del exterior o usufructuaban de un pujante sector turístico que incluía la prostitución. ‘Ángeles de la Revolución’ que deben sobrevivir con este mal capitalista, solía llamar Castro a estas mujeres en sus elusivas y largas alocuciones.

Sin el apoyo soviético, su papel de exportador de las ideas socialistas se vino a menos, pero fue capaz de identificar otros productos exportables (médicos, entrenadores, músicos) a cambio del preciado petróleo, a la sombra de un inspirado socialismo del siglo XXI con el también hoy extinto Hugo Chávez como gran animador.

El resto es historia reciente. La medicina cubana no pudo lidiar con el cáncer de Chávez pero sus asesores ayudaron a inmortalizarlo. Los precios del petróleo se derrumban. El acuerdo con Barack Obama no ha tenido resultados concretos. Trump, el voluntarista y radical, ofrece salidas...

Pero son los propios cubanos quienes están hallando la manera de volver a la democracia, el menos malo de los sistemas políticos, y
de recuperar su libertad. Castro ha muerto. Que vivan los cubanos.

marauz@elcomercio.org