Sergio Muñoz

Del festejo a la simulación

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No es de extrañar que mientras Vladimir Putin celebraba el fin de la Segunda Guerra Mundial (II GM) en Europa con un desfile militar en Moscú, en Alemania la conmemoración fuera una reflexión autocrítica de la historia. Pero el contraste entre ambas conmemoraciones va mucho más allá de la distinción entre perdedores y ganadores de una guerra porque las dos remembranzas no solo examinan el pasado, sino que ofrecen dos visiones muy distintas de sus futuros.

Mientras el despliegue militarista en Moscú delata la vana nostalgia de Putin por reconstruir un imperio, en Berlín el reconocimiento de la culpa nacional posibilita la reconciliación de Alemania con sus vecinos y avala su pertenencia en el mundo civilizado. Moscú apuesta por un regreso al caudillismo del siglo XX y Berlín apuesta por la democracia y el respeto a los DD.HH.

Para la historiadora rusa Irina Scherbakova, el desfile militar evidencia cómo “las autoridades rusas han reemplazado la memoria ‘horrible y real’ de la II GM por una manipulación propagandística para justificar su política hacia Ucrania”.

Pero Rusia no es el único país que ha optado por la simulación. Hace menos de un mes, Italia celebró el 70 aniversario de la resistencia contra los nazis condecorando a partisanos que participaron en la lucha contra Benito Mussolini. Nada se dijo de su pasado fascista porque, terminada la II GM, los italianos se autoabsolvieron declarándose víctimas. Negando su documentada devoción al Duce, Italia intenta evadir su responsabilidad histórica.

En España también se ha evitado recordar el alineamiento del dictador Francisco Franco con Adolfo Hitler, y el más lúcido testimonio de la alianza sigue siendo la magistral Guernica, de Pablo Picasso. La guerra civil y el carácter fascista de la dictadura franquista no son temas que se tratan a fondo en España, ni en los libros de texto en la escuela, ni en los museos ni en las Cortes Generales.

En la reciente conmemoración de la liberación del campo de concentración nazi en Mauthausen (Austria), donde fallecieron casi 5 000 de los más de 7 000 soldados republicanos deportados, la gran sorpresa fue la presencia del ministro José Manuel García-Margallo en representación del Gobierno del Partido Popular. Y fue sorpresa porque la derecha, la jerarquía eclesiástica española y el Partido Popular se han negado sistemáticamente a reconocer jurídicamente a los españoles republicanos deportados a campos de concentración nazis.
“Un país –dice el escritor español Javier Cercas– debe tener un acuerdo básico sobre su pasado. Gran Bretaña lo tiene, Alemania lo tiene. Todas las democracias fuertes lo tienen, pero España no”. Y esto es así porque los españoles no rompieron con la dictadura. A la fecha, seis de cada diez españoles piensan que el franquismo tuvo cosas buenas y malas. Y la mayoría sigue pensando que es mejor mantener el “Pacto del Olvido” forjado tras la muerte de Franco, en 1975, que hurgar en un pasado que, a su juicio, abriría viejas heridas.