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Dicen que Humberto se ha ido. Dicen que tomó el camino sin anunciar ningún regreso. Dicen que estaba hastiado de este mundo mendaz que todo lo confunde, lo cierto con lo falso, lo oscuro con lo claro, lo audaz con lo grosero, lo simplemente bueno con lo tonto. Dicen que su palabra no volverá a sonar para marcar el rumbo del buen amor y la verdad; que el gallinazo cantor ha enmudecido; que la música lejana ya no volverá a acariciar la membrana de una palabra, dejando tras de sí el destello de un instante.….

Y no les creo. ¡Se dicen ahora tantas cosas…! Pero pueden seguir diciendo lo que quieran: no les creo. Anoche mismo vino Humberto a visitarme, como ha venido tantas veces, y me dejó escuchar el acertijo de su lumbre. Me dijo que no lo cuente a nadie, y no lo hago; solo me digo a mí mismo que Humberto estuvo aquí, que no se ha ido, que su voz seguirá sonando como ha sonado siempre, tan queda y tranquila que nadie puede creer que en su momento fue una voz combativa, centelleante, pero al mismo tiempo tierna.

Los dos solíamos jugar con las palabras, porque ellas fueron alimento y veneno de nuestras cambiantes vidas. Sentados frente a frente en un café del centro, por un rato aliviados del peso de los días, entremezclaba él mis palabras y las hacía decir ideas deslumbrantes que nunca se me habían ocurrido, y él sonreía ante mi sorpresa y me decía que un sorbo tardío de autocrítica, con torta rellena de dilemas, ahuyenta la timidez existencial. Y entonces arremetía yo contra sus versos y encontraba que eran como aquellos muñequitos que llamaban porfiados, porque siempre quedaban con su sentido intacto, o con otro, pero siempre inquietante, siempre desafiante, siempre en el límite de la razón y lo inefable.

Poeta -le dije anoche, al recordarlo- tu palabra es todavía necesaria y lo será por mucho tiempo. No lo creas, contestó; en realidad ya nada es necesario. Te llegará también el día en que descubras que todo es prescindible. ¿Y el amor?, le pregunté, y él respondió: Se olvidará la cólera de esta época infame, la gloria del guerrero que se rinde al esplendor de la belleza, mi pluma que tiembla libre entre los dedos: todo eso pasará. El amor, sin embargo, seguirá para siempre como sigue conmigo, igual que las palabras, porque el poeta junta las voces del mundo y el silencio y teje las pequeñas permanencias recordadas. Sé muy bien, agregó, que una palabra puede ser olvidada para siempre, pero su rescoldo seguirá ardiendo bajo la ceniza y acabará por ser recuperado.

Dijo esto y se fue, y ahora comprendo que es verdad, que se ha ido. Ha decidido reunirse con los otros ausentes, con aquellos hermanos que se adelantaron en el camino inevitable: con Agustín y Bolívar, con Ulises y Pedro y tantos otros. Y tengo que admitir que no volveremos a jugar con las palabras. No volverá a hendir la piel del río con su cuerpo, ni buscará en el páramo el silencio o la predicción de las nubes, ni tejerá la lluvia sobre el mar, pero podrá llenar sus ojos con lo que aún no estaba escrito.