Manuel Terán

Fatiga

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¿En qué consiste la trascendencia de los comicios en Argentina del último fin de semana y las lecciones que nos deja? El gobierno de la familia Kirchner, que ha permanecido 12 años en el poder, fue fiel -principalmente en su segunda etapa- al estilo que llevaba la impronta de los populismos en boga de la región.

Hostiles a la iniciativa privada, agresivos contra los medios de comunicación, descalificadores de todos y cada uno de quienes intentaron salir a su paso en su propósito de controlarlo todo, apoyados por grupos de la sociedad que adhirieron a sus postulados a cambio de una red de prebendas y canonjías, pretendieron eliminar a sus oponentes y perpetuarse de cualquier manera en el poder. No les ha ido mal en las últimas elecciones. Detentan todavía un apoyo importante del electorado y mantienen una base fuerte que aún los convierte en la principal fuerza política. Pero, a diferencia de años atrás, ya no son la mayoría ni pueden pensar en construir una hegemonía absoluta como fue su pretensión por más de una década. A diferencia de la elección para su segundo mandato, cuando la saliente Presidenta alcanzó un respaldo que superaba el 50% de los votantes, el domingo el candidato oficial se acercaba al 40% y todo el proceso electoral continuará su marcha hasta establecer si en octubre Daniel Scioli gana en primera vuelta o, por el contrario, tiene que verse con su opositor Mauricio Macri en un balotaje, en noviembre.Las incógnitas no están despejadas. Pero hay dos hechos ciertos. Si Scioli hizo una buena elección es porque su estilo está lejos de la confrontación que caracterizó a la gobernante en funciones. Esta posición de beligerancia ha sido rechazada por aproximadamente el 60% del electorado argentino que ha votado por diversos candidatos que han sido críticos de la manera de conducir los destinos de la nación. De otra parte, el mapa electoral muestra que ninguna de las fuerzas tendrá una mayoría apabullante en el Legislativo. Se deberá reinstalar, en consecuencia, una política de acuerdos y proyectos comunes que permitan gobernar al candidato ganador sin que sea posible la imposición a rajatabla de una sola visión de la sociedad.

Restará por verse si en el evento que el candidato oficial sea el ganador podrá abstraerse de la presión social por restaurar la institucionalidad perdida, para que se aclaren los casos de corrupción que han salpicado a altas autoridades del gobierno y que se sancione a los culpables. Un escenario bastante difícil de manejar. Además, habrá que estar pendientes, en caso de que Scioli alcance la Presidencia, si continuará con los planes del actual Gobierno o impondrá su sello a su gestión. Por sus declaraciones después de los comicios parece que marcará su propia agenda.

Sin embargo, queda a la vista que para derrotar a estos populismos es necesario mantener la cohesión de las fuerzas opositoras. La diversificación juega a favor de los que con el apoyo del aparataje del poder parten con ventaja sobre los demás contendientes. Pero, sin duda, los tiempos han cambiado y soplan nuevos vientos por la región.

mteran@elcomercio.org